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Diario Hoy 28-11-0-2014
Política

Defensa Civil llegó en motos de agua

inundacion arriba

04/04/13 - 06:54hs

La desesperación de ver cómo se pierde todo y no poder hacer nada para evitarlo, en un desastre que jamás hubiésemos imaginado. Un relato del calvario en primera persona

Vivo en un primer piso en 45, entre 14 y 15, en una cuadra y un barrio que hasta anteayer nadie hubiera imaginado como zona de catástrofe. Hasta anteayer: tantas certezas, tantas seguridades parecen haberse, paradójicamente, evaporado. 

A eso de las cinco de la tarde, mi viejo –que vive, o solía vivir, en la planta baja de mi edificio– me pidió a los gritos que bajara. Había empezado a entrar agua a su living, y así iba a ser, cada vez más agua, cada vez más fuerte, por las siguientes dos o tres horas. A la larga, mi viejo perdió todo, quizá incluso el auto que estaba estacionado en el patio / garage del frente y al que el agua cubrió hasta los asientos. Pero si son “cosas” las que se pierden, a la larga, -aunque más a la larga que la anterior– la bronca pasa. 

Tristeza, angustia y miedo dan otras cosas: por ejemplo, las que veíamos primero en alguno de los frenéticos viajes intentando salvar lo salvable y después -ya rendidos y a la luz de las linternas- desde la ventana de mi departamento. También, la familia entera que tuvo que bajarse de uno de los tantos autos estancados sobre la vereda opuesta y quedarse temblando bajo la lluvia, sentados en un paredoncito, hasta las 2 de la mañana. A esa hora recién apareció Defensa Civil, en dos motos de agua y un gomón, iluminando el interior de los autos /islas flotantes, a ver si quedaba alguien en su interior, cada vez más parecido –mojado– al exterior. 

Sí, jet skis en la 45: quién lo habría dicho. Nadie. Pero sí se hablaba de cadáveres flotando en la 46, de la avenida 44 convertida en el río más ancho y caudaloso del mundo, de un hombre al que un auto a la deriva enganchó y ahogó en 14 y 41. De tantas cosas que nunca habría imaginado escuchar o ver en la puerta de mi casa, y sí, como mucho, en la serie de televisión post-apocalíptica que estaba mirando unas horas antes, cuando mi viejo me pegó el grito para que bajase, y todavía me quedaban unas cuantas certezas.

Twitter y Facebook al rescate

Las redes sociales fueron el canal de información elegido por la comunidad para informar, pedir ayuda o brindar apoyo en medio del desastre.

Ante el colapso de la telefonía móvil (y en algunos barrios, también de la telefonía fija) además de los cortes de luz y cable, el celular con red 3g se convirtió en una herramienta fundamental. Los platenses utilizaron este medio para buscar a familiares incomunicados, para publicar los lugares en donde se reciben donaciones o las listas de centros de evacuación (ver Pág. 21). Todos estos datos útiles fueron así difundidos, mucho antes que cualquier organismo gubernamental lo hiciera.

Las autoridades que nunca llegaron

“Me sentía (Steven) Spielberg, parecía que estaba viendo una película de acción”, ilustra un vecino de la zona de “La Lonja berisense”, absorto ante la situación surrealista que le tocó observar el pasado martes. Y al cruzar ruta 11 para ingresar en calle 85, el panorama le da la razón: hileras de viviendas bajas con las marcas que dejó el agua, a una altura de 1.90 metros; familias sentadas en la vereda en situación de espera; el lodo, aún fresco, como una marca indeleble de una jornada que tardará en borrarse de la memoria de los platenses.

A Carlos, uno de los vecinos más activos de esa zona a la hora de la evacuación, la fotografía de la catástrofe se repite en su cabeza como una letanía: “Hay gente que a la que todavía no encontramos; el agua llegó al techo de las casas. El arroyo El Gato empezó a crecer y a arrastrar autos (foto)... yo no daba a basto, porque empezó a venir agua de otros lados que nunca había venido en 25 años que vivo acá”, manifiesta con el gesto adusto, sorprendido, como sin querer creer que lo que pasó, pasó. 

Carlos ha devenido en guía de este lugar, los recuerdos de la noche del martes borbotan de su mente y necesita materializarlos en palabras: “Tuvimos que atar una soga a un camión y hacer pasamanos para salvarnos, sobre todo a los chicos. Pero todo fue un caos; fue catastrófico escuchar el ‘auxilio’ de las casas y no llegar a rescatar a todos porque el agua te llevaba”, se lamenta, hace silencio, quiere seguir hablando, pero el llanto es incontenible: “El que tenga corazón y vaya para el lado de “El Carmen” se muere; el agua arrasó las casas, las destrozó, la gente no tiene donde ir y ya han contado 25 muertos”. 

La zona era hasta anoche uno de los tantos sitios fantasmas que legó el temporal: la luz y el agua son las carencias más deseadas. El testimonio de Carlos es una síntesis de las historias evocadas por cualquier damnificado. Mientras, y ante el “abandono” de las autoridades, se sienten “solos”. Y esperan.

Toda la noche bajo una frazada

Alicia tenía una panadería en 96 entre 4 y 5. Ahora no la tiene más, porque el agua llegó a casi un metro cincuenta dentro del local y perdió todo: máquinas, mercadería, mobiliario. Todo. 

Luego de intentar por un buen rato eludir la inundación, la panadera se dio cuenta de que no había manera de salvar su fuente de trabajo. Con el agua a la cintura, salió de su negocio y se encamino por el barrio de Villa Elvira hasta su casa, donde se encontraban sus dos hijas de 8 y 10 años (foto).

Era de noche, no  había luz y las cuadras fueron eternas. “En lo único que pensaba era en mis hijas. El agua me llegaba al cuello” contó al diario Hoy. Una vez en su casa, el panorama no fue mejor. “Las chicas estaban en una cucheta y lloraban. Yo veía flotar todos los muebles, mi lavarropas. ¡Con lo que me costo tener un lavarropas!” cuenta Alicia, que sin embargo esta agradecida porque los suyos se salvaron, no como muchos habitantes del barrio. 

Ningún organismo se acercó a ayudar: no había efectivos, le dijeron. A la buena de Dios terminaron, al igual que tantos otros, subiendo al techo. “La gente gritaba y pedía ayuda, pero nadie vino”.

 “El agua nos empezó a llegar a la cintura” cuenta Agustina, la más grande de las nenas. ”Los perros no podían trepar, así que él (señala a un chico de  8 años) los ayudó a subir”. Todos juntos pasaron el resto de la noche refugiados bajo una frazada y charlando entre vecinos: la solidaridad fue lo único memorable.