cultura

El nacimiento de la medicina

En un comienzo, la enfermedad era vista como un castigo de los dioses. Desde entonces, ha avanzado indeteniblemente en su búsqueda de mantener la salud.

Interés General

07/12/2023 - 00:00hs

El origen de la medicina se remonta prácticamente a la aparición del ser humano. Hay muestras evidentes de que ya en el Neolítico se realizaban trepanaciones, pero fue hace unos 6.000 años, en la Mesopotamia, donde comenzaron a acumularse una considerable cantidad de saberes médicos.

Del Antiguo Egipto, hemos recibido los primeros libros médicos, las primeras observaciones de anatomía, los primeros experimentos de cirugía y farmacia, el uso de los primeros entablillados, vendajes, compresas y otras aplicaciones, y el primer vocabulario anatómico y médico. Sin ir más lejos, los textos de los “papiros médicos” ofrecían un compendio de recetas o prescripciones. Uno de los pilares en los que se asentaba la noción de enfermedad y curación en Egipto era el mito. Algunos dioses se ocupaban de un órgano concreto. El remedio se imploraba mediante rezos y cánticos, y la súplica del médico ante la divinidad constituía el preámbulo de un tratamiento. A veces, el sanador buscaba la protección de la magia para esquivar el mal y la contaminación de los efluvios nefastos: “¡Oh, Isis ,Gran Maga! Libérame, desátame de toda cosa maligna y roja causada por un dios, por una diosa, un muerto, una muerta, un hombre o una mujer que venga en mi contra”.

De otras dos maneras, quizás las más importantes, colaboró Egipto a la creación de la ciencia médica: en primer lugar, por la costumbre característica de la momificación, ayudada por condiciones climáticas favorables, centenares de cadáveres —muchos de ellos con fecha exacta— han traído hasta nosotros los casos más tempranos de los efectos de las enfermedades. La historia de la incidencia de muchas dolencias se puede ir desplazando a épocas más lejanas como consecuencia de los datos obtenidos de estas momias: evidencias de cálculos, enfermedades de las arterias, artritismo y otras enfermedades de los huesos, al igual que muchas de carácter inflamatorio.

En segundo lugar, los egipcios —por la misma costumbre de la momificación— ejercieron la mayor de las influencias en la historia de la medicina y es el hecho de que la momificación familiarizó la mente popular durante más de dos siglos con la idea de explorar el cuerpo humano. En Egipto, y de manera particular en Alejandría, se hizo posible a los médicos y anatomistas griegos de la edad ptolemaica ejercer, por primera vez, la disección sistemática del cuerpo humano, que los prejuicios religiosos prohibían en su propio país y en el resto del mundo.

En aquel entonces, existía la idea de que la enfermedad implicaba la ocupación del cuerpo por seres extraños. Había seres demoníacos que perturbaban la salud al inocular su aliento envenenado en el cuerpo o en el espíritu del ser humano. Entre ellos figuraban los ujedu, que surgían de los aaa, líquidos malignos y pestilentes, y se manifestaban como gusanos. A este respecto, el Papiro Ebers ofrece un remedio “para matar a los ujedu y echar los líquidos aaa de un muerto o de una muerta que está en el interior del cuerpo de un hombre o de una mujer”. Otros espíritus, como los setet, debían ser expulsados antes de acabar con ellos, pues, si perecían dentro del cuerpo, podían causar males aún mayores. En El libro de los secretos del médico, párrafo con que se inicia el Tratado del corazón (y su variante del caso número 1 del Papiro Smith), se devela un conocimiento celosamente guardado para los iniciados: un intento muy logrado de describir las funciones o fisiología del corazón, adornado con un lenguaje poético: el corazón “habla” a través de los latidos en los puntos extremos del cuerpo; solo la habilidad del médico sabe buscarlos en los pulsos, mediante la palpación con sus dedos.

Fueron muchos los descubrimientos científicos que jalonaron el avance de la medicina, pero sin duda, uno de los más importantes fue el descubrimiento de los rayos X. En 1895, en Hamburgo, Alemania, por Wilhelm Conrad Röntgen, tras experimentar de forma incidental con un tubo de rayos catódicos; la primera radiografía conocida la obtuvo con la ayuda de su esposa, a quien le pidió que colocara su mano izquierda sobre una placa de metal para poder “fotografiarla”. Este descubrimiento revolucionó la Medicina y le permitió a Röntgen ser el primer galardonado con el Premio Nobel de Física en 1901.

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