De los campos de concentración al autismo
Bruno Bettelheim vivió el horror de los años del nazismo y sacó conclusiones para avanzar en el campo del trastorno autista.
culturaBruno Bettelheim vivió el horror de los años del nazismo y sacó conclusiones para avanzar en el campo del trastorno autista.
18/05/2026 - 00:00hs
Brillante estudioso de temas estéticos, disciplina en la que se doctoró, antes de ser instruido en el psicoanálisis por un discípulo de Sigmund Freud. Su experiencia psicológica y vital se vio interrumpida por los desastres políticos del siglo XX. Tras la anexión austriaca, Bettelheim fue recluido durante un año en los campos de Dachau y Buchenwald, una experiencia sobre la que va a reflexionar de forma excepcional, como Primo Levi o como Jean Améry.
Uno de los primeros recuerdos que conservaba Bruno Bettelheim de su infancia vienesa era un comentario que le oyó a su madre, referido a la fealdad física de su hijo: “Por suerte es varón”. El padre de Bettelheim murió de sífilis luego de una larga y penosa agonía. Bruno, que era el único hijo varón, debió abandonar sus estudios de psicología y filosofía para hacerse cargo de la empresa familiar.
Bettelheim había comenzado su psicoanálisis con Richard Sterba, un discípulo directo de Freud. Llevaba casi tres años de terapia y uno de formación como analista cuando los nazis entraron en Austria y comenzaron a enviar judíos a campos de concentración. A mediados de 1938, Bettelheim fue deportado, como muchos otros burgueses de Viena, al lager de Dachau y luego al de Buchenwald. Fueron quince meses de trabajos forzados hasta que su prima logró sobornar a las autoridades nazis para sacarlo primero del campo y luego de Austria y del continente europeo.
Cuando llegó a casa de su prima Edith en Chicago, ella le dijo que no podía alojarlo, pero sí ayudarlo a conseguir un trabajo como el suyo, en algún colegio secundario de mujeres. Fue de un establecimiento a otro, haciendo suplencias, y en su tiempo libre escribiendo un ensayo que logró publicar, luego de incontables rechazos en revistas especializadas, en el año 1943. Se titulaba “Comportamiento individual y de masas en situaciones extremas” y fue el primer testimonio de primera mano que se escuchaba en Norteamérica sobre lo que ocurría en los campos nazis (una de las revistas universitarias de psicología que se lo rechazó había fundamentado su decisión diciendo que el autor era “demasiado rencoroso con Alemania”).
En su ensayo, Bettelheim trabajaba una teoría reversible: decía que los prisioneros en los campos sufrían un impulso regresivo que los llevaba a actuar como niños. Curiosamente, decía también que los niños autistas eran como prisioneros en una fortaleza vacía. Con ese ensayo logró atraer la atención del rectorado de la Universidad de Chicago, en cuyo campus funcionaba - un poco a la buena de Dios-, la Escuela Ortogénica, una institución para niños con problemas de personalidad (del autismo a la violencia).
Él reorganizó totalmente en 1944 esa escuela dedicada al mundo infantil gravemente perturbado; y, de hecho, la dirigió hasta su jubilación, en 1973. Bettelheim -que también ha estudiado el mundo infantil en los kibbutz de Israel-, realizó una labor pionera en el tratamiento de los niños autistas, de esos seres "incapaces de interacción con el mundo" que renuncian a hablar y permanecen aislados de todo contacto afectivo con el exterior, encerrados en un universo secreto.
En 1989, la muerte de su compañera de medio siglo (Gertrude Weinfeld, una enfermera de origen austríaco con quien se había casado en 1943) lo hundió en la depresión. Menos de un año después, Bruno Bettelheim optó por el suicidio: tomó pastillas y whisky, y se ató una bolsa de plástico en la cabeza.