De oscuro empleado a mayor genio del siglo veinte
Albert Einstein es una figura inagotable de la que siempre hay algo nuevo para decir. El asombro lo llevó a sus más célebres descubrimientos, y asombro es lo que sigue provocando.
culturaAlbert Einstein es una figura inagotable de la que siempre hay algo nuevo para decir. El asombro lo llevó a sus más célebres descubrimientos, y asombro es lo que sigue provocando.
06/05/2026 - 00:00hs
El título era aburrido: “Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento” La nota fue publicada en junio de 1905 en Anales de Física, una revista alemana de lectura desalentadora para quien no fuera experto en la materia. Su autor, empleado de la Oficina de Patentes de Invención, de Berna, tenía 26 años y era razonablemente conocido en el ambiente por algunas de sus publicaciones. Su nombre: Albert Einstein. Con ese artículo –casi sin notas al pie y, contrariando la tradición de la literatura científica, sin de referencias bibliográficas-, dio a conocer al mundo su “teoría restringida de la relatividad”.
La infancia de Albert Einstein transcurrió en Munich, donde su padre tenía una pequeña fábrica de instrumentos eléctricos. Pero como el negocio andaba mal, se instaló en Italia, no sin antes enclaustrar al joven Albert en un colegio secundario. Huyendo del prusianismo disciplinario, el muchacho se cruzó a Suiza. Allí, cobraba un magro sueldo que no le alcanzaba para comer todo los días, pero como un mago de la sobrevivencia, conseguía ahorrar algo para pagar los derechos que le exigía el gobierno para naturalizarse. En 1944, cuando adoptó la ciudadanía estadounidense, declaró: “Si la teoría de la relatividad es aceptada, Alemania me considerará como un alemán y Francia va a proclamarme ciudadano del mundo. Si la teoría resulta falsa, Francia aseverará que soy alemán y Alemania que soy un judío”.
Al sabio desmelenado de ojos tristes no le gustó el nombre de “relatividad” con el que se bautizó su teoría. Siempre que pudo, colocó la palabra entre comillas. Antes de que 1905 finalizara, Einstein firma otro artículo en los Anales de Física. En él estaba una ecuación que haría historia: E=mc2. Simbolizando que la masa y la energía son dos aspectos de una sola y única realidad. Una fórmula que tendría gigantescas consecuencias que por entonces no pudo prever.
En 1921 se le concedió el Premio Nobel. Lo obtuvo por su trabajo sobre el efecto fotoeléctrico. Cuando termina la Primera Guerra Mundial, los norteamericanos prometieron cinco mil dólares al que fuera capaz de resumir la teoría de la relatividad en menos de tres mil palabras. Combate a Hitler desde el comienzo. Dos años después de fundado el partido nazi, escribió a su hermana mayor, Maja, una carta sobre los tiempos oscuros que se avecinaba. Cuando el clima en Alemania se tornó irrespirable, voló a los Estados Unidos para internarse en la vida académica del más alto nivel, al que solo accedían los cerebros más selectos: Princeton.
Decía: “El hombre que no está familiarizado con el sentimiento del misterio, el que ha perdido la facultad de maravillarse, de abismarse en la veneración, es como un hombre muerto…”. Creía en el Dios de Spinoza, el que se manifiesta en una armonía de todos los seres.: “La esencia de la religión consiste en ser capaz de meterse debajo de la piel de otro ser humano, regocijarse con su alegría y sufrir con su dolor”.
Albert Einstein odiaba el militarismo y las masacres que aparejaban. Nunca encontró una justificación válida para las guerras, siempre sangrientas. Hitler, sin embargo, representa para Einstein la quintaesencia del horror. Había que detenerlo. Por eso, el 2 de agosto de 1939, escribió una carta al presidente Franklin D. Roosvelt , para que diera fondo a Enrico Fermi –científico italiano naturalizado estadounidense-, a fin que llevara adelante sus estudios sobre energía atómica que, confiaba, sería capaz de disuadir al régimen nazi. Así pudo concretarse el primer reactor de la historia. No le alcanzaría la vida a Einstein para arrepentirse de esa intervención suya. “Yo, yo fui el que apretó el botón…”, diría, despiadado consigo mismo. Hasta el fin de sus días arrastró esa sombra ominosa. Cuando Estados Unidos terminó de fabricar la bomba atómica, Albert Einsetin envió una segunda carta a Roosvelt, rogándole que no se usara el artefacto contra seres humanos. El presidente norteamericano no la va a leer nunca. Con el sobre cerrado, fue encontrada entre sus papeles, la noche en que lo velaban.