cultura
Maestros del relato futbolístico
Brillaron en la época en que la radio centralizaba las transmisiones de los partidos, volvían épico el encuentro más anodino.
Excepcionalmente gráficos, deslenguados, espontáneos, arrebatados hasta para crear la metáfora más desaforada sobre la marcha para manifestar un sentimiento que los supera, los relatores llegaron a consolidarse como verdaderos heraldos de la pasión futbolera.
Fioravanti era el nombre profesional del relator radial uruguayo Joaquín Carballo Serantes. Se desempeñó en Radio Splendid y Radio El Mundo, y de 1973 a 1975 estuvo en LT3. En los 60 sus relatos competían con José María Muñoz, si bien Fioravanti se destacaba por hacer un uso preciso y elegante del lenguaje. El maestro- así reconocido por todos, al menos formalmente- hilvanaba con elegancia los términos de una descripción del juego en que, mientras inauguraba los términos de la retórica, acuñaba ciertas muletillas que con el tiempo se volvieron inaceptables: “saltan varios hombres”; “entrega la pelota a un compañero”, “hay una serie de rebotes” y otra colección de vaguedades no atribuibles a la lentitud expresiva sino a otro criterio, menos pormenorizado pero más ortodoxa y literariamente narrativo, que hacía lugar a la expresión florida y la metáfora sutil.
Las vertientes que nacieron de Fioravanti fueron varias. Según el escritor y periodista Juan Sasturain, el hallazgo de “el cancerbero” y la mágica invención de la “nube de fotógrafos” se lo debemos a Fioravanti. Vale decir, dos líneas poéticas en el arsenal metafórico del maestro. El clasicismo renacentista que con Dante introduce la mitología en el “Inferno” y, dentro de ella, al Can Cerbero, perro descomunal de tres cabezas, custodio feroz de las puertas insalvables al extraño, por una insólita traslación se introdujo en el repertorio expresivo de un vate rioplatense y futbolero que buscó en el momento la idea que expresase el fervor defensivo de Pancho Lombardo, el vasco Echegaray o cualquier otro implacable marcador.
“La va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, deja el tendal y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… Gooooool… Gooooool… ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona, en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico… ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina?”. Se lee y automáticamente aparece la imagen metal de Maradona llevando el balón desde más de la mitad de la cancha, dejando jugadores ingleses por el camino.
“Fue una de las pocas veces en la que me excedí y salí de mi rol. Sentí un poco de vergüenza, fue como haberme desnudado y salir corriendo por las calles, y que un día después me pasaban el video”, reconoció después el propio Victor Hugo.
La riqueza de las imágenes de la jerga futbolera suele lindar con el despilfarro. Y los comienzos del relato fueron el período de mayor desorientación táctico-técnica-dirigente, el que entregó los mejores momentos en cuanto a hallazgos gráficos y analogías curiosas. Y no es difícil decir por qué: en la crítica y el comentario de fútbol irrumpió de una vez y para siempre la ironía.
