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Un personaje curioso en las entrañas del poder

Roberto Roth fue un abogado que durante tres décadas integró el círculo rojo, habitó casas de lujo pero también una celda de Villa Devoto.

Abandonó la abogacía, que lo había acompañado durante décadas, porque había llegado a la conclusión de que, dado que en el país era muy difícil luchar por la justicia, de nada servía su profesión. Como navegante no tuvo mejor suerte; su bien material más preciado, el yate “Alejandra”, desde donde podía sentirse un hombre libre y arengar a los cuatro vientos, se lo incautaron. Y en la política- que no es un capítulo aparte sino que se suma a su bagaje de frustraciones- fue “oráculo” del dictador Juan Carlos Onganía del 66 al 70, como secretario técnico de la Presidencia de la Nación.

Lo cierto es que, curiosamente, se convertiría en una de las voces más críticas para con el último gobierno militar y casi todos los hombres de las Fuerzas Armadas, en tiempos donde lo más sencillo era no opinar. Convencido de que lo único que lo iban a dejar hacer era escribir, a comienzos de los 80 empezó a trabajar en un libro, “Los cuentos de José”, para que la gente pudiera a través de su testimonio conocer qué era una villa, cómo se vive y perder ese raro temor que se le tiene. Cuando llegó de sus vacaciones, con un programa de vida establecido, se encontró con que el gobierno había decidido quedarse con su barco: “Con soberbia de delincuentes, armados de poder, los cañones, las bayonetas y los tanques, se quedan con mi barco y tengo que empezar a pelear por defender mi honor”, le reveló a la periodista Mona Moncalvillo.

Cuando la misma periodista le consultó en qué momento se había puesto del lado del pueblo, Roth no titubeó: “Yo siempre he formado parte del pueblo, no puede decir que he estado alejado del pueblo. Usted plantea un problema en términos políticos y tiene que recordar que mi generación fue la generación del peronismo y antiperonismo. Recuerdo que en la Facultad de Derecho, cuando se produjo la revolución del 55, quedaban seis personas, a las cuales se los perdonaba porque, mal que mal, eran hijos de algún ministro o general; y todos creyeron que se terminaba el peronismo. En ese sentido, estuve offside con respecto al pueblo. Después vino la toma de conciencia”.

Aquel 9 de julio de 1966, apenas once días después del golpe de Estado que derrocara al Doctor Illia y entronizara al dictador Onganía, el país conmemoraba los 150 años de la declaración de la Independencia nacional. La situación nacional podía verse claramente reflejada en dos discursos antagónicos que se dijeron el mismo día de la Independencia. Dijo en aquella ocasión el general Onganía: “No permitiremos que acosen a nuestra juventud extremismos de ninguna naturaleza. Si fijamos con claridad el rumbo, nadie podrá apartarla de su misión de grandeza”. Y , pocas horas después ,el Rector de la Universidad de Buenos Aires, Hilario Fernández Long aseveró: “En este día aciago en que se ha quebrantado en forma total la vigencia de la Constitución, hacemos un llamado a los claustros universitarios en el sentido de que sigan defendiendo como hasta ahora la autonomía universitaria. La Universidad no es una máquina ni una razón; es una voluntad decidida a iluminar los caminos más difíciles del hombre”.

Pero el glorioso movimiento estudiantil argentino iba seguir con su tradición de lucha y vendrían duras y heroicas jornadas de resistencia en todas las universidades del país de Salta a la Patagonia y de Mendoza a Corrientes, y a Onganía y a sus socios se les acabó su dictadura “con objetivos y sin plazos”, porque estudiantes y obreros comenzaron a destruir sus objetivos y a emplazarlo.

“Es algo curioso- dirá Roth, a propósito del golpe de Estado de ese año- el expresidente Ilia mantiene hasta el final su prestigio personal, que no es el prestigio que tiene su gobierno. Es una figura personalmente prestigiada, en un gobierno desprestigiado”.

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