cultura

Un dios de la ópera

Giacomo Puccini es alguien a quien los aficionados de la música lírica le rinden devoción y que llegó al olimpo luego de varias situaciones escandalosas.

Sus óperas, como las de Verdi, se representan en todos los teatros del mundo todo el tiempo. Puccini tiene además la cualidad de un radio de acción excepcional. El público más conservador lo considera el último gran compositor lírico, aunque el hechizo pucciniano trasciende el círculo de la gran familia de la ópera. El músico italiano vivió en una época de cambios y revoluciones, y su música sería impensable sin la experiencia del impresionismo francés. Pero sus obras transcurren en un tiempo propio. Son modernas, y al mismo tiempo están completamente sumergidas en la tradición lírica del siglo XIX. Kurt Pahlen las definió con sutileza: "No hay en ellas el resplandor de un sol naciente. Las ilumina, sí, un tenue brillo, pero es la melancólica luz del atardecer".

Hijo de una familia de varias generaciones de músicos, Giacomo Antonio Domenico Michele Secondo Maria Puccini nació en la ciudad italiana de Lucca, el 22 de diciembre de 1858. Si bien por tradición familiar la especialidad era el órgano y música religiosa, el joven Giacomo no continuó los mismos pasos familiares. El cambio o la revelación se dio en Pisa, cuando escuchó por primera vez la ópera Aida, de Giuseppe Verdi, en 1876.

La historia de Madame Butterfly – una de las óperas más emblemáticas de Puccini- es una increíble saga de malentendidos, distorsiones y apropiaciones consecutivas. En menos de veinte años (los que van de 1885 hasta 1905) y saltando por tres continentes (de los confines de Asia a América y Europa), una pequeñísima historia de la vida real se convirtió, en diferentes manos, en novela francesa, opereta europea, cuento norteamericano, vodevil atlántico y, por fin, gran ópera italiana comme il faut. Puccini había quedado tan fascinado con la obra de David Belasco que se precipitó a los camarines a su finalización, abrazó al director con lágrimas en los ojos y le rogó que le permitiera usar su Madame Butterfly para componer “la ópera más emocionante que haya existido jamás”.

Mucho se ha hablado del estreno de Madama Butterfly (para el título de su obra, Puccini italianiza el madame) en La Scala el 17 de febrero de 1904, uno de los desastres más famosos de la historia de la ópera. El propio Puccini lo describió como “un linchamiento público de proporciones dantescas”, pero nunca pudo determinar cuánto incidieron los defectos en sí de la puesta y cuánto se debió el boicot orquestado por sus enemigos.

Si bien en su Italia natal la consagración definitiva como uno de los mejores compositores de la ópera se había hecho esperar, Puccini ya contaba con una legión de fanáticos en Buenos Aires. Y no era de extrañar: a fines del siglo XIX y principios del XX, la Argentina había recibido una gran cantidad de inmigrantes europeos y, al parecer, amantes de la ópera. Él mismo lo comprobó en su primera y única visita, en 1905, cuando se hospedó en el edificio donde funcionaba el Diario La Prensa. Solo estuvo 47 días y el revuelo entre sus admiradores no tuvo comparación.

Otro detalle sugestivo proviene de la biografía de Puccini: además de sus hermanas, Giacomo tenía un único hermano llamado Michele, el benjamín de la familia, en el que convivían el talento musical y la bohemia. Michele se embarcó hacia la Argentina en algún momento de los ‘80, terminó como maestro de música en el Liceo de Señoritas de Jujuy, donde enamoró a la esposa del gobernador Pérez (y al parecer la embarazó) y debió huir a Buenos Aires cuando el furibundo marido le envió un escuadrón de sus huestes a escarmentarlo en forma definitiva. Tampoco en Buenos Aires se sintió seguro Michele: terminó escapando a Río de Janeiro, donde murió, a los 26 años, víctima de la fiebre amarilla que había contraído no se sabe bien si en su huida a Buenos Aires o en su temerosa estadía oculto en una pensión de la calle que hoy se llama Cerrito.

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