cultura

Escribir desde las trincheras

Vasili Grossman fue un escritor ruso que escribió como pocos en el siglo veinte sobre la despiadada realidad de la guerra.

Censurada antes que, leída, Vida y destino de Vasili Grossman recorrió los archivos de los servicios secretos antes de ganarse un lugar en las bibliotecas. Antes de transformarse en una de las grandes novelas del siglo XX, fue tratada como el cuerpo del delito: un manuscrito que el estado soviético estalinizado decidió encerrar, requisar, borrar y, si fuera posible, desaparecer. Por suerte, la censura no logró su cometido.

Vasili Grossman había escrito una novela sobre la guerra, aunque era más que un texto sobre la guerra. Había escrito sobre Stalingrado, sobre la resistencia soviética frente al nazismo, sobre los laboratorios científicos evacuados, sobre las familias rotas, sobre los trenes que llevaban a los judíos hacia la muerte, sobre los campos alemanes y los campos soviéticos, sobre los héroes anónimos, los burócratas, los cobardes, los iluminados, los prisioneros, los niños.

Nacido en Berdychiv el 12 de diciembre de 1905, su familia pertenecía a la burguesía judía en la Unión Soviética, aunque no eran practicantes de la religión. Su madre era profesora de francés y su padre ingeniero químico; de ambos recibió ese amor al lenguaje y a la química, que se vería reflejada en sus terrenos de estudio. Antes de que Rusia entrase en guerra, había logrado publicar dos novelas, y gracias a ellas había conseguido entrar en el Estrella Roja cuando se presentó de voluntario. Pero según el poeta Ilya Ehrenburg (que también fue corresponsal en el frente para el Estrella Roja), Grossman aprendió realmente a escribir en la guerra: antes era “sólo un escritor más en busca de su tema y de su lenguaje”.

El episodio decisivo, tanto para Ehrenburg como para David Ortenberg, director del periódico y comisario político con rango de general, fue que Grossman pasó de tener como lectores un público reducido (el del ghetto literario moscovita) a escribir para cientos de miles de personas (muchas de ellas analfabetas) con quienes se veía las caras diariamente en las trincheras.

El escritor argentino Juan Forn aseguraba que aquel periódico se leía mucho más que el Izvestia (antecesor del Pravda): no sólo en el frente, donde se distribuía gratuitamente (todos los pelotones del Ejército Rojo debían tener al menos un soldado alfabetizado que pudiera leerlo a sus compañeros) sino también en las ciudades y pueblos de toda Rusia. La razón de ese interés (que incluía al mismísimo Stalin, quien leía antes que nadie cada edición recién impresa del Estrella Roja) es sencilla: era el diario donde escribían los escritores. Dos cosas diferenciaban a Grossman de los demás corresponsales: la primera era el tiempo que permanecía en el frente y los riesgos que tomaba. La segunda era consecuencia de la primera: desde los generales hasta la tropa empezaron a verlo como uno de ellos, no sólo por su coraje sino porque se veían reflejados en lo que él escribía, y aceptaban hacerle confidencias que a nadie más hacían.

Cuando pisa los restos de ghetto de Varsovia, cuando se asoma por el acantilado donde los nazis masacraron a toda la población judía de Berdichev (incluyendo a su propia madre), cuando recorre el campo de Treblinka y escucha el testimonio de dos sobrevivientes, Grossman supera el trance más difícil de enfrentar: cómo escribir sobre lo inconcebible. “Si se le hace infinitamente duro leer esto, el lector deberá creer que también es infinitamente difícil escribirlo. Pero el deber civil del escritor es contar esta terrible verdad, así como el deber civil del lector es conocerla. Quien mira hacia otro lado insulta la memoria de los muertos”, escribió en el Estrella Roja.

Como muchos de sus compatriotas, Grossman había creído genuinamente que, cuando ganaran la guerra, la URSS dejaría atrás la NKVD, las purgas, las hambrunas, las delaciones; todo eso iría a parar al “basurero de la historia”, reemplazado por el coraje y la resistencia inclaudicables que habían unido al pueblo ruso en la defensa de la patria. Pero a medida que las tropas soviéticas avanzan en territorio alemán (y se hacen más frecuentes y evidentes el saqueo y las violaciones contra la población civil), Grossman va perdiendo esa esperanza. Había visto demasiado como para poder ilusionarse con el futuro. De su patria y de la raza humana.

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