CULTURA

Las entretelas de un genio

León Tolstoi está considerado como uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. Un hombre cercano a la santidad.

George Orwell lo consideraba “un matón espiritual”. Pero lo cierto es que León Tolstoi fue un hombre más fascinante por lo que tenía de humano que por lo que tenía de santo. Inició su carrera literaria con tres textos autobiográficos: Infancia, Adolescencia y Juventud. A diferencia de sus libros, que reescribió y corrigió como un poseso (Sofía Andreievna, su esposa, debió copiar el manuscrito entero de Guerra y Paz trece veces, es decir, veinte mil páginas a mano, además de las infinitas versiones que debió hacer de cada capítulo), Tolstoi redactó sus diarios al correr de la pluma, con sus desprolijidades y tachaduras. Y, en ese sentido, nos legó su versión más pura en aquellos escritos.

Comienza a escribir sus diarios en 1847, cuando aun era un disipado estudiante de diecinueve años en la Universidad de Kazán y se había internado en una clínica. “Hace seis días que ingresé y durante ellos casi me he sentido satisfecho de mí mismo. Les petites causes produisent grandes effets”, dice la primera anotación. La “petite cause” era una venérea (“Me pesqué una gonorrea, por el motivo que se la suele pescar”, confiesa). El “grand effet” será la decisión de usar, a partir de entonces, la palabra escrita como método de conocimiento y autoconocimiento. Vale aclarar que Tolstoi aún no se propone ser escritor; lo que quiere es “simplemente” encontrar el objetivo de la vida humana –es decir, de la suya propia–.

Más allá de su éxito literario, Tolstói – consciente de su imperfección moral- atravesó una profunda crisis personal. A pesar de tener fama, dinero y reconocimiento, comenzó a preguntarse para qué existía y qué sentido tenía la vida. Ese cuestionamiento lo llevó a replantearse sus valores y a desarrollar una filosofía basada en la simplicidad, la responsabilidad personal y la mejora interior. De ese proceso surgieron muchas de sus reflexiones morales, entre ellas la famosa frase que señala la dificultad que tienen las personas para cambiarse a sí mismas.

Nabokov dijo alguna vez que Tolstoi es el único escritor cuyo reloj está absolutamente en hora con los relojes de sus innumerables lectores: “Su prosa lleva el compás de nuestro pulso, sus personajes se mueven con el mismo andar de la gente que pasa bajo nuestra ventana mientras leemos el libro… si hay un tempo Proust y un tempo Joyce, Tolstoi en cambio logra- como nadie- el tiempo standard, el tiempo común y corriente: el que iguala nuestro reloj y el de sus personajes”.

Otra idea clave en el pensamiento de Tolstói es que las personas aprenden más por lo que ven que por lo que escuchan. En la vida cotidiana ocurre constantemente. Un padre que predica el esfuerzo, pero no se esfuerza, difícilmente logre transmitir ese valor. En cambio, cuando alguien actúa con coherencia, su comportamiento tiene un efecto mucho más fuerte que cualquier discurso.

Toda la vida de Tolstoi fue una lucha sin cuartel por superar las contradicciones, por hacer de sí mismo una persona que pueda aceptar (“Lo que has hecho sólo será verdadero bien cuando ya no estés tú para arruinarlo”, escribe en 1882), pero fueron precisamente esas contradicciones, la intensidad y la simultaneidad de esas contradicciones, las que hicieron tan ancho y tan profundo, tan bestialmente humano. Con casi ochenta años cumplidos era capaz de decir, con apenas días de diferencia: “La abundancia de libros es una calamidad. Hay que establecer la costumbre de avergonzarse de publicar en vida. ¡Cuánto sedimento se asentaría y que agua más pura correría!”, y poco después: “Sigo siendo sensible y vanidoso y quiero publicar hasta el día en que me muera”. Se dice que cuando murió Tolstoi, todas las iglesias de San Petersburgo cerraron sus puertas, para que nadie entrara a llorarlo.

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