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La actriz que hizo siempre de sí misma

Luisina Brando se lució en todos los ámbitos en los que trabajó, con una versatilidad que la hizo tanto en el drama como en la comedia.

Ni la fama ni los premios la envanecieron. Conservó miedos e inseguridades, porque el hecho de recordar sus torpes caídas en el charco de la infancia la mantuvo con los pies en la tierra. Nacida en Buenos Aires el 10 de diciembre de 1945, es una de las grandes actrices argentinas de cine, teatro y televisión. Su nombre se asocia de inmediato con décadas de trabajos intensos, desde los años setenta hasta los dos mil, en los que construyó personajes complejos, sensibles y llenos de matices.

Hay una cosa que le fastidia de los actores y es esa necesidad permanente de actuar todo el tiempo, hasta cuando van a tomar un café con un amigo por el miedo de que si son como son, no sean nada: “Una de las preocupaciones fundamentales mías- le confesó alguna vez a la periodista Mona Moncalvillo- , en casa, en el mercado, hasta cuando estoy en el canal, es tratar de ser una persona, que es lo más difícil que hay; es muy difícil porque como uno es actor y lleva su humanidad a todos lados, entonces, con una sola persona que te conozca ya empezás a hundir la panza”. Hacer de ella misma ha sido el trabajo más grande que ha tenido siempre.

A los 7 años comenzó bailando español en televisión; a los 16 trabajó con Angel Magaña en “Los argentinos somos así ¿o no?” y luego con Bárbara Mugica y Oscar Rovito en “La edad de los sueños”. Todo lo que hizo la formó y deformó, pero nunca pudo desecharlo, no por falta de agradecimiento sino porque le dio training y le hizo ver el contexto en el que se movería. En ese sentido, su primera gran aparición se dio junto a Pepe Biondi, luego pasó al teatro off (Viet-Rock, en la sala Payró) y más tarde ganó prestigio con las películas de María Luisa Bemberg. Por su curiosidad fue metiéndose en muchos lados y así, sobre la marcha, aprendiendo muchas cosas: “Fue útil meter la nariz en todos lados, arriesgarme y olvidarme de todo lo que había estudiado y hacer teatro y televisión al mismo tiempo cuando eso no estaba bien visto”.

No obstante, Brando pretendía incursionar en el teatro de una manera diferente: no estar sentada en un sillón esperando a que la llamen: “Creo que para hacer una cosa tan sangrienta y dolorosa, como es el teatro, y de una mano de obra tan trabajosa, ya que hay que trabajar todos los días, salir cuando todos vuelven, y los fines de semana trabajar el doble, entonces eso hay que hacerlo con mucho placer, eligiendo la gente y la obra”.

La señora Ordoñez fue uno de los ciclos televisivos más emblemáticos de los que participó. En su momento -a mediados de la década de los 80- no fue un boom como otras novelas en las que participaba, pero luego pasó a ser una de culto. En el plano personal le dio muchas posibilidades de conectarse con gente extraordinaria, como por ejemplo con Marta Lynch (la autora del libro en la que se basó el envío), María Herminia Avellaneda (la directora) y Celia Alcántara (la adaptadora de la novela). Entre numerosos premios, en 1991 ganaste el Martin Fierro a la mejor actriz por tu participación en Atreverse, de Alejandro Doria.

Leopoldo Torre Nilson y Beatriz Guido fueron una parte inolvidable de su vida. Eran un dúo imposible de repetir, una pareja hermosa. Lo cierto es que Boquitas pintadas fue un enorme salto cualitativo en su carrera: “Para mí fue como tocar el cielo con las manos que Babsy me llamara para hacer un personaje, para ser una de las mujeres de esa novela de Manuel Puig que tanto había leído y amado. En un principio pensé que me había convocado para hacer La Raba –el rol que finalmente interpretó como los dioses Leonor Manso-, pero al final me tocó La Mabel, la mala de la película”. A los ochenta años, mira hacia atrás y ve una vastísima siembra de personajes con los que se sienta a conversar para vencer a la soledad.

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