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El cosaco que deslumbró como escritor

Isaak Babel se unió voluntariamente al regimiento de cosacos al poco tiempo de comenzar la revolución rusa, que lo terminó persiguiendo.

Interés General

12/06/2026 - 00:00hs

Isaak Emmanuelovitch Babel nació en Odessa en 1894, pero casi de inmediato su familia se trasladó a Nikolaiev, otra población portuaria del Mar Negro. El numerus clausus del zar Nicolás restringía la cantidad de niños judíos en cada escuela (nunca más del 5 por ciento). Si bien Babel logró sortear este obstáculo e ingresar al Liceo Comercial, posteriormente no pudo entrar a la Universidad de Odessa por ese motivo. Contra la voluntad paterna, quería estudiar psiquiatría (quince años más tarde, en Caballería roja, haría decir a su alter ego Lyutov: “Quisiera saber a toda costa qué es lo que el hombre lleva dentro”), pero terminó marchando a Kiev y se inscribió en el Instituto de Estudios Financieros y Comerciales, donde conoció a la que sería su esposa, Eugenia Gronfeyn.

Escribió sus primeros cuentos en francés, influido por Flaubert y Maupassant, y en 1905 se trasladó a San Petersburgo, desafiando la prohibición zarista que obligaba a los judíos a permanecer en su zona de asentamiento. Lo cierto es que Babel vio en la Revolución de Octubre la posibilidad de unir sus dos “patrias” (sus raíces judías, su amor por Rusia) y que, luego de unirse bajo seudónimo a un legendario regimiento de cosacos en la campaña a Polonia del año ‘20, se convirtió en inesperado ejemplo del escritor soviético con la publicación de Caballería roja (1926), al mismo tiempo que se erigía en eslabón perfecto entre la gran tradición de la literatura rusa y las nuevas formas que imponía esa era naciente que había volteado al zar.

Fraguando en sus credenciales un alias insospechable: Kyril Vassilievitch Lyutov (el apellido Lyutov significa feroz en ruso), logró ser admitido como un par por los cosacos de la caballería del general Buyonny. A lo largo de esos meses, Babel llevó un diario, garabateado casi telegráficamente sobre la montura de su caballo, pero no se puede decir que fuera un auténtico corresponsal de guerra: mientras cabalgó con los cosacos, aparecieron sólo cinco piezas en el periódico que ROSTA enviaba a las tropas (y que los soldados letrados debían leer a los soldados iletrados): un réquiem a un oficial muerto, dos descripciones de atrocidades cometidas luego de la batalla, un elogio a las valerosas enfermeras del frente y una carta de amarga queja al editor (“El último mes no hemos recibido un solo periódico, no tenemos idea de lo que pasa en el resto del mundo y yo ni siquiera sé si mis informes llegan a destino”).

Con la muerte de Lenin en 1925 muchos creyeron que la situación política se volvería inquietante: la madre y la hermana de Babel partieron a Bélgica y decidieron exiliarse allí, y Eugenia pidió a su marido pasar una temporada en París. Él accedió al viaje, pero finalmente volvió a Rusia: nunca pudo escribir en ningún otro lugar.

En la madrugada del 15 de mayo de 1939 dos hombres uniformados de la NKVD se presentaron en el departamento de Moscú en busca de Babel. No sólo lo arrestaron sino que se llevaron todos sus manuscritos. Babel sólo dijo dos cosas. La primera, a nadie en especial: “No me dejaron terminar”. La segunda a su esposa, antes de separarse, en el cuartel de la Lubyanka: “Trata de que no hagan miserable la vida de nuestra hija”. Nathalie, su hija, confesaría, en el prólogo de Debes saberlo todo: “Durante mucho tiempo esperé que la puerta de casa se abriera y allí estuviese mi padre, con quien nos reconoceríamos de inmediato y a quien le diría: Al fin llegaste, me tuviste intrigada durante tanto tiempo, dejaste tanto y al mismo tiempo tan poco para saber de ti. Siéntate y cuéntamelo todo”.

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