cultura

El niño sin hogar que llegó a Premio Nobel

Yasunari Kawabata fue uno de los mayores escritores de Japón, con algo de monje budista y mucho de gigantesco narrador.

Con una destreza notable para crear historias y atmósferas intimistas, en las que exploró distintos rincones del alma humana con una profunda sensibilidad, Yasunari Kawabata se convirtió en el primer autor japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1968 y en uno de los narradores más importantes de su generación.

Las termas de montaña cumplían una función específica cuando Kawabata escribió El país de la nieve, en la segunda mitad de los años 30. No es un azar que el autor haya elegido a una geisha de montaña como heroína de aquella novela y a un acomodado diletante de Tokio como antagonista, con el desolado paisaje de El país de la nieve como escenario para la tortuosa relación entre ambos personajes.

A los cuatro años perdió a sus padres y, poco después, a su hermana y abuelos. Para los quince, ya se había quedado completamente solo. Él mismo se autodefinía como un "niño sin familia ni hogar". Aún así, luego de su primera formación en un internado, llegó a la Universidad de Tokio, donde había comenzado a estudiar literatura inglesa; pero, al año, abordó la japonesa y se licenció en 1924. Durante su juventud, el autor japonés también tuvo un gran interés por el lenguaje cinematográfico. Según expone el sitio Movie Data Base, Kawabata fue guionista y actor de obras como Kurutta ippêji (1926), Meshi (1951) y La voz de la montaña (1954).

Al comenzar los años 30, Kawabata estaba dejando atrás su juventud y redefiniendo su estilo literario. Nacido en Osaka en 1899 y egresado de la Universidad Imperial de Tokio en 1924, había fundado con un grupo de colegas de su promoción la revista Bungei Jidai, con la cual se opusieron a la austera opacidad que dominaba la literatura nipona de la época, difundieron las vanguardias estilísticas europeas y se reivindicaron como neosensualistas.

Con la publicación de sus primeros dos libros Kawabata se convirtió en el portavoz de su generación. Pero su interés por las novedades literarias occidentales fue desplazándose, en los años siguientes, hacia la milenaria tradición estética japonesa. Kawabata, en sintonía con el pensamiento budista, sabía que "para dejar de sufrir, había que dejar de desear" y acercarse a esa belleza que resulta más importante que "el propio yo".

Luego de imprimirle un tono crepuscular, casi póstumo, a las entregas de La pandilla de Asakuza, Kawabata abondonó Tokio y eligió la montaña Kamakura y así fue como empezó a convertirse en el autor que todos conocemos, el preservador por excelencia del espíritu milenario del país.

Con el tiempo, esa tradición volcada desde la ceremonia del té hasta la caligrafía, desde los jardines zen hasta el go irá apareciendo sucesivamente en los libros de Kawabata: como tema, como fondo y como estética. En su discurso que tituló El bello Japón y yo para recibir el Premio Nobel de Literatura –el 17 de octubre de 1968-, el escritor, ataviado al estilo tradicional japonés, expresó: "(...) Descubrí, por medio de la luz matinal, la belleza de los vasos en un restaurante. Vi esta belleza con toda claridad. Me encontré con ella, por primera vez. Pensé que nunca la había visto hasta ese momento. ¿No es precisamente este tipo de encuentro la esencia misma de la literatura y también de la vida humana? Si digo esto, ¿estoy yendo muy lejos, estoy exagerando mucho? Quizá sea así, pero también quizá no. En mis setenta años de vida es aquí donde por primera vez descubrí y fui consciente de esta suerte de luz que producen los vasos".

Todas las necrológicas que aparecieron luego de que Kawabata abriera todas las llaves de gas de su departamento frente al mar en Zushi, el 16 de abril de 1972, y se dejara morir, puntualizaron que “no se halló ninguna nota, ni se ofreció ninguna explicación satisfactoria al suicidio”.

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