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El escritor uruguayo que eligió la selva

Horacio Quiroga tuvo una vida marcada por la tragedia, como si hubiera estado condenado a un destino de dolor transmitido con genialidad en sus cuentos.

Interés General

15/04/2026 - 00:00hs

Horacio Quiroga nació en 1878, hijo de una uruguaya y de un cónsul argentino en Salto. Hasta los veinte años fue algo así como un dandy, un uruguayo que leía en francés, entregado a las delicias de la vida bohemia. De niño soñaba con París: “Cuando decía mis oraciones rogaba a Dios que no me dejara morir sin conocer París”. París era para él un paraíso donde se respiraba la esencia de la felicidad sobre la tierra. Pero el paraíso en la tierra creyó encontrarlo mucho más cerca, en Misiones.

Desde su primer viaje a las Cataratas del Iguazú, con Leopoldo Lugones –al que había acompañado como fotógrafo-, en 1903, se sintió un habitante de la selva. Se instaló espiritualmente en ese mundo de lianas, esteros, animales salvajes, pantanos, calor y vegetación exuberante. Dice Abelardo Castillo: “Hay que imaginarlo a él, hombre de ciudad y poeta suntuoso, especie de aristócrata que ha viajado a París, y en su juventud dilapidó metáforas y dinero, combatiendo a machetazos con el monte”. Levantó a mano su casa en la selva. El calor es aplastante, en una carta dice: “Capaz de matar a una termita en tres minutos y una víbora en veinticinco”. Se conocieron muchos gestos asombrosos de Quiroga. Por ejemplo, viajar ochocientos kilómetros en una motocicleta destartalada para visitar a una amiga rosarina, o remar ida y vuelta veinte kilómetros entre Posadas y San Ignacio, en una travesía que le llevó dos días.

En el primer viaje a Misiones nació Los perseguidos, y uno de sus cuentos más celebrados, El almohadón de plumas, publicado en Caras y Caretas en 1905. Luego volverá para construir su cabaña a orillas del río Paraná, en la que vivirá con Ana María Cires, una adolescente que fue su alumna y a quien dedica su primera novela, Historia de un amor turbio. Tendrán dos hijos, Eglé y Darío, a los que inculcará el diálogo con la naturaleza y el arte de sobrevivir a sus acechanzas. Esa felicidad idílica se romperá a pedazos, cuando Ana María se suicida en 1915, ingiriendo líquido para revelar fotos. En el cuento El desierto, evocará aquel fatídico día: "Recordó entonces —revivió como si no hubieran pasado desde aquella tarde mil años — la inacabable fijeza con que contempló a su mujer tendida en el catre, cuando el día antes de su muerte (…) la llevó afuera a respirar. Y ya caído el crepúsculo, levantó en brazos a su mujer como a una criatura y la llevó adentro".

En 1928, en un accidente de tránsito, le quedó inutilizada una mano. Cuando le quitaron el entablillado de la mano izquierda mostraba los dedos anquilosados. Cuenta Ezequiel Martinez Estrada: “Sólo quedaban prácticamente hábiles el pulgar y el índice, que abría y cerraba a manera de pinza de artrópodo".

La muerte lo rondó desde siempre, como si cumpliera ciegamente un destino. Su padre –vicecónsul argentino radicado en Salto- se mató en una cacería, cuando Horacio tenía apenas dos meses. Su padrastro –Ascensio Barcos-, paralítico, se disparó un escopetazo cuando él tenía diecisiete años. El hombre mordió el caño de la escopeta y gatilló con el pie.

El 5 de marzo de 1902 Horacio Quiroga mató accidentalmente a Federico Fernando -su mejor amigo-, al examinar una pistola de duelo, del que sería uno de los padrinos. A raíz del episodio estuvo detenido durante cuatro días, hasta que se comprobó que la muerte fue accidental. Entonces, decidió radicarse en Argentina.

Quiroga, enfermo de cáncer, se suicidó en Buenos Aires bebiendo cianuro. Tenía 59 años.

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