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El hombre al que Kafka salvó del suicidio

Gustav Janouch fue un escritor que en su adolescencia conversó mucho con el autor de El Proceso, quien dio un giro definitivo a su vida.

Interés General

26/03/2026 - 00:00hs

"El Kafka vivo que conocí”, escribe el autor en su epílogo, “era mucho más grande que los libros publicados póstumamente, que su amigo Max Brod salvó de la destrucción. El Franz Kafka a quien solía visitar y a quien tenía el privilegio de acompañar en sus paseos por Praga poseía tal grandeza y seguridad interior que, incluso hoy, en cada momento crucial de mi vida, puedo aferrarme al recuerdo de su sombra como si estuviera sólidamente forjada en acero… [Él] es para mí uno de los últimos, y por lo tanto quizás uno de los más grandes, por ser el más cercano a nosotros, de los maestros religiosos y éticos de la humanidad”.

Cuando era adolescente, Gustav – que había nacido en Praga, a principios del siglo XX- acostumbraba a mantener encendida toda la noche las luces de su habitación. “Sé lo que haces allí”, le anunció el padre una vez. “Me tomé el atrevimiento de revisar tus cajones. Y de mostrar algunas de esas cosas que escribes a un colega, más experto que yo en esos asuntos. No temas, no te he citado para reñirte sino para que conozcas a esa persona.” El padre acompañó al hijo a otra oficina del laberíntico edificio, donde lo presenta a un funcionario alto y delgado, nariz corva y unos ojos prodigiosamente penetrantes. “Doctor, éste es el joven del cual le hablé”, dice Janouch padre y los deja solos. Franz Kafka tiende la mano al joven Gustav: “Conmigo no debe avergonzarse. A mi casa también llegan facturas de electricidad altísimas”.

Janouch tenía dieciséis años y Kafka, treinta y siete. Durante los cuatro años siguientes, los últimos que habría de pasar en este mundo, Kafka tomó bajo su tutela a aquel adolescente y pasó largas horas con él, en esa misma oficina y por las calles y cafés de Praga. El joven Janouch anotó devotamente en un cuaderno las cosas que le dijo Kafka a lo largo de esos cuatro años. La historia de ese libro y la del propio Janouch desde aquel día de 1924 son igualmente impresionantes. Para Janouch, como para toda Europa, las dos décadas siguientes fueron “un prolongado alejamiento de todas las posibilidades de evolución de una personalidad íntima”.

Decidió por su cuenta enviar el original a Max Brod, en Tel Aviv. La respuesta de Brod demoró dos años en llegar a Praga, pero levantó el maltrecho ánimo de Janouch. Otros dos años habrían de pasar desde la carta de Brod hasta que un ejemplar impreso por la editorial Fischer de Munich llegara a manos de Janouch, en 1951. El título había sido reemplazado por Conversaciones con Kafka y en la versión impresa brillaba por su ausencia una parte considerable del texto original. Janouch lo tomó como una mutilación. Todo conspiraba para impedirle dar testimonio del poder visionario que representaban Kafka para él. Janouch se hundió en la desesperanza.

Se encerró en su habitación de la calle Narodny para dejar en orden sus papeles y ceder lo poco que tenía de valor a los amigos que le quedaban. Su plan era suicidarse allí mismo una vez que hubiera concluido su inventario. Pero al vaciar una valija de cartón que acumulaba polvo y telarañas encima de un ropero, encontró, entre un sinfín de viejísimas partituras, el cuaderno con sus anotaciones manuscritas sobre Kafka. Y, adentro, dobladas en dos, un puñado de hojas mecanografiadas: los pasajes omitidos del libro Conversaciones con Kafka. Brod nunca los había recibido.

Finalmente, Gustav Janouch logró morir en paz en Praga, en 1968, pocos meses después de tener en sus manos la nueva edición, ahora completa, de su libro.

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