cultura

El fascismo y sus cultores

Lejos de ser una ideología perimida es un modo de gobernar totalitariamente que parece ser tener aprendices en el mundo actual.

El término fascismo proviene de la península itálica, cuya raíz etimológica es “fascio”, que define a cierta clase de agrupación política ya existente en Italia a fines del siglo XIX. No fue una corriente inventada por Benito Mussolini, pero fue él quien la impuso por primera vez: autoritarismo estatal, corporativismo, nacionalismo a ultranza, aniquilación de toda oposición, racismo. Después la palabra fue utilizada y adoptada para definir toda forma de pensamiento afín con los ideales de Mussolini , Adolf Hitler y todos los que impulsaron el Tercer Reich, o José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco en España.

Teorías aparte, la historia muestra claramente los extremos a los que puede conducir el fascismo. Además del gran ejemplo de Alemania – cuyo imperio nazi iba a durar, según sus teóricos, mil años-, que fue llevada a la catástrofe total después de una sistemática destrucción de vidas, artes y civilización, tuvimos en nuestro continente los resultados a la vista: Chile estuvo sumido en el peor período de su historia bajo el rigor de Augusto Pinochet –que duró casi siete años y dejó un saldo aproximado de cinco mil muertos-; Paraguay fue obligado a hibernar mantenido en la más oscura ignorancia, con sus pensadores encarcelados o en el fondo del Paraná, con Alfredo Stroessner perpetuado en el poder; Uruguay, con un fascismo de una década perdió todas aquellas virtudes que lo distinguieron como flor rara del continente. Y Argentina se debatió en un proceso claramente fascista, en el fondo de un pozo que jamás soñó ni el más pesimista de los observadores.

Aún hoy se siguen alzando en nuestro país voces fascistas, simpatizantes de los dictadores ocupan encumbradas posiciones en el gobierno, y personajes notorios se enorgullecen públicamente de su condición de fascistas fácticos.

Muchos narradores se han ocupado de pintar los futuros terribles que aguardan a un mundo fascista. En ese sentido, Farenheit 451 de Ray Bradbury (publicado en 1953) ha sido una de las más representativas. El título se debe a que esa es la temperatura en grados Fahrenheit a la cual arde un libro. En la obra, Guy Montag es un bombero que pertenece a un escuadrón cuya misión en esa sociedad es quemar libros donde quiera que se encuentren, porque está terminantemente prohibido leer libros y cuando los bomberos reciben una denuncia, rápidamente se movilizan y los incineran. En una parte de la obra, el Capitán Beatty, que dirige el escuadrón de bomberos, explica el motivo para quemarlos: los libros hacen que las personas piensen y eso hace que puedan angustiarse. Entonces en esa sociedad distópica se busca que sus habitantes no lean ni tengan tiempo ocioso para pensar. Todo está diseñado para que las personas continuamente estén sometidas a diversiones muy excitantes y vacías.

Otro emblemático ejemplo ha sido Un mundo feliz de Aldous Huxley, publicado en 1932: el autor representó tempranamente el modo de vida y de dominación que se había abierto con la nueva forma de producción impulsada por Henry Ford, que ensamblaba una nueva organización científica del trabajo e innovaciones productivas centradas en la cadena de montaje. Cómo hacer de la servidumbre un acto voluntario fue el tópico que, más tarde, se convirtió en materia de estudio para lxs investigadorxs del mundo del trabajo. En la novela, uno de los jefes, de un plumazo, destruye todo: Babilonia, Tebas, Atenas y Jerusalén. Mataba a Jesús y a Gautama; derrumbaba las catedrales y quemaba las sinfonías bajo un grito de guerra: “muerte al pasado”.

Hay otros para quienes la ciencia ficción ha sido un vehículo adecuado para canalizar sus temores de un planeta embrutecido por el fascismo. Los grandes historietistas europeos, mediante esa vía considerada históricamente “arte menor” se expresaron maravillosamente: “Enki Bilal”- nombre formado con los dos de un dios sumerio y un esclavo abisinio que tuvo que ver con Mahoma- fue uno de esos notables artistas que crearon y ejecutaron, en su Francia, “historietas para adultos” que estuvieron lejos de ser huecas o sin importancia, y que desnudaron los mecanismos siniestros del fascismo.

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