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El libertino que cambió la manera de medir el tiempo en Rusia

Giacomo Casanova fue una personalidad fascinante que le propuso a la emperatriz Catalina II la necesidad de cambiar el almanaque, sugerencia que sería aceptada con el triunfo de la Revolución.

Interés General

10/03/2023 - 00:00hs

Vladimir Ilich Ulianov, quien pasaría a la historia como Lenin, encabezó la primera Revolución comunista del siglo XX, adoptó como régimen político la República Federal Socialista Soviética y expropió a los terratenientes sus propiedades para repartirlas entre los campesinos. Las empresas pasaron a ser propiedad estatal, bajo el control de los propios trabajadores. Más allá de lo que enseñan los libros de historia, la Revolución rusa sucedió, en realidad, el 7 de noviembre. Conocida como la Revolución de Octubre, que instauró el comunismo en Rusia hace más de 100 años, no se conmemora en ese mes. En 1917, en el país regía el calendario juliano, con un atraso de 13 días con respecto a las fechas de Europa occidental. Podía llamar octubre a lo que era noviembre, o febrero a lo que era marzo. La diferencia fue ajustada posteriormente por el gobierno revolucionario, suprimiendo casi dos semanas del almanaque y convirtiendo el 1° de febrero de 1918 en 13 de febrero.

Al asumir el poder, Vladimir Lenin abolió, entre muchas otras reformas, el viejo sistema juliano, y así fue como en Rusia la Revolución de Octubre se conmemora en noviembre. El punto, sin embargo, ya había sido planteado antes en diversos documentos. Uno de los menos conocidos es una larguísima carta del escritor y aventurero veneciano Giacomo Casanova, cuyo nombre está ligado a la fama de seductor y libertino, a Catalina II, emperatriz de Rusia, donde invoca la grandeza del imperio para solicitar que se corrija el error cometido por los antepasados. Por entonces, la diferencia era de 11 días, lo que, según Casanova, llevaba a que Rusia llamara diciembre 14 a una fecha que el resto de Europa celebraba como Navidad.

En el marco de su elaborada argumentación, Casanova explicaba que el calendario juliano, que se llamaba así en honor al líder romano Julio César, quien lo introdujo en el año 45 a.C., poco después de conquistar Egipto, incluyó cada cuatro años un día extra, el bisiesto, en razón de “que se contaba dos veces en febrero el sexto día anterior a las calendas de marzo, bajo la fórmula bisexto”. Asimismo, Casanova propuso a Catalina que los 12 futuros años bisiestos de Europa no fueran contados como tales en Rusia, lo que igualaría las cuentas. Una segunda variante propuesta era la supresión inmediata de 11 días, lo cual “podrá llevarse a cabo, incluso complaciendo al clero, si se decide que esos 11 días que se excluyan sean los que les incomodan menos, y en los que no se encuentren celebraciones de festividades importantes ni conmemoraciones de fasto imperial”.

De su autobiografía se desprende que Casanova era un personaje multifacético: mujeriego compulsivo, diplomático, traductor de la Ilíada, espía, autor de tratados sobre los más diversos temas y un montón de aristas más que parecen propias de un personaje de ficción. Había sido el fruto de los amores clandestinos de quien era su madre con uno de los integrantes de la familia Grimani, perteneciente a la más rancia aristocracia veneciana. Tras cursar estudios de Derecho en Padua, empezó a trabajar al servicio de abogados y diplomáticos, lo que le ofrecía una oportunidad de viajar por toda Europa. Su fama de libertino estuvo cimentada en sus numerosos romances, muchos de ellos con mujeres casadas, lo que le costó, en 1755, ser sometido a juicio por los inquisidores venecianos, y encerrado en un calabozo del Palacio Ducal.

No estuvo mucho tiempo allí, ya que se fugó de la celda con otro preso practicando un agujero en el techo, escalando hasta el tejado, colándose en el interior del palacio por una buhardilla, actuando como si se tratara de un invitado más perdido entre las habitaciones, y despareciendo en una góndola por la noche. Dieciocho años después fue indultado. Él mismo reconocía en sus memorias: “Co­mienzo declarando al lector que, en todo cuanto he hecho en el curso de mi vida, bueno o malo, estoy seguro de haber merecido elogios y censuras, y que, por tanto, debo creerme libre”.

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