CULTURA

Entre la desesperación y la luz

John Berger fue novelista, pintor, ensayista, fotógrafo, crítico y guionista, profundamente comprometido con su época.

Interés General

17/04/2026 - 00:00hs

No fue un historiador del arte, pero supo comprenderlo como nadie. En su larga vida escribió intermitentemente sobre pintura o fotografía, pero no como lo hacían críticos, sino como artista que se sumergía en el universo de una imagen, como creador, como poeta. Para él la pintura generaba un espacio en el que los artistas le daban alojamiento y hospitalidad, como un refugio. El lugar en el que se produce la revelación. La pintura atrapando el tiempo: fija ese instante en el que el artista tiene la revelación de la imagen.

Cuando ya había perdido toda esperanza de ser pintor y se ganaba la vida como crítico, un entonces ignoto John Berger publicó su primera novela: Un pintor de hoy. En aquel libro un joven crítico de arte (llamado John a secas) llega al atelier londinense de un pintor amigo, Janos Lavin: su mejor amigo, aunque tenga cuarenta años más que él y sea húngaro. Una de las mejores galerías de arte de la ciudad acaba de inaugurar una muestra de Lavin, la primera en las dos décadas que lleva en Inglaterra. La muestra es un éxito, el joven crítico está eufórico: su admirado amigo recibirá por fin el reconocimiento que se merece. Pero Janos Lavin se ha esfumado en el aire. No está en el atelier, no está en la ciudad, ya ni siquiera está en Inglaterra, como descubrirá el joven crítico por una breve carta de Lavin que recibe a los pocos días, remitida desde el continente: “No serviré de mucho. Ya soy mayor, y hace demasiado que elegí mi camino. Quienes no son como era yo elegirán hoy este mismo camino. Por eso ahora voy a contarles el error que cometí a los que sí son como era yo”.

Berger había decidido dejar de pintar a principios de los ‘50 y se ganaba la vida escribiendo crítica de arte. (Recién en 1974, con el Premio Booker a G, comenzaría su “carrera” literaria.) Sus mejores amigos eran pintores; la mayoría eran mayores que él y extranjeros: habían llegado a Inglaterra justo antes de la guerra, huyendo del fascismo. “Yo no había ido a la universidad, y esos exiliados, que vivían pobremente en el Londres de posguerra, se convirtieron en mis maestros. Sobre todo me enseñaron Historia, y cómo estamos todos obligados a vivirla”, escribió Berger sobre aquella novela de su juventud cuando se reeditó, en 1988.

Su madre era una sufragista vegetariana; su padre, aunque venía de una familia judía, había entrado en el seminario para convertirse en sacerdote católico cuando estalló la Primera Guerra Mundial y lo dejó todo para enrolarse en la infantería. La guerra fue tan decisiva para él que permaneció cuatro años más encargándose de las tumbas de soldados caídos. A los 16 años, John se había escapado de su educación cristiana ortodoxa decidido a estudiar arte “y ver mujeres desnudas”, como alguna vez contó. Ganó becas en las escuelas más prestigiosas y se formó con un intervalo entre 1944 y 1946, cuando fue soldado en la Segunda Guerra Mundial. Pintó, dio clases de dibujo en la misma universidad en la que Henry Moore enseñaba escultura y reseñó las artes plásticas de un modo que dejó clara su postura y mirada, que relacionaba su crítica desde el marxismo.

En formato de diario íntimo, Un pintor de hoy se puede ir reconstruyendo la historia de un artista húngaro exiliado en Londres desde 1919 que desaparece. La militancia de izquierda, el exilio, los amores perdidos y el compromiso político atraviesan su vida y obra. La voz narrativa era tan creíble y cercana al autor –defensor a ultranza del realismo– que muchos creyeron entonces que era un trabajo autobiográfico y no de ficción. Nunca paró de producir y además de sus críticas, ensayos y novelas también escribió poesía, guiones de cine y obras de teatro. Murió el 2 de enero de 2017, cuatro años después de Beverly Bancroft , su mujer, quien era la primera lectora de sus textos.

Noticias Relacionadas