CULTURA
El hombre que hizo gritar a sus cuadros
Carlos Gorriarena es uno de los pintores nacionales que con más valentía y talento se adentró en la realidad argentina.
Carlos Gorriarena consideraba que los artistas se definen por la elección temática que hacen dentro del amplio campo de la realidad; interrogan y son interrogados por el objeto elegido. En ese sentido, nadie es figurativo o abstracto por casualidad: la expresión siempre busca un campo propicio para desarrollarse. Elección y expresión van juntos: “Yo soy figurativo porque no puedo ser otra cosa”.
Una de las claves de la obra de Gorriarena es el riesgo. Parte de su legado -por ejemplo, en sus discípulos- fue la consigna de tomar siempre riesgos, en la obra -pero no sólo en la obra. Otro elemento notorio: la carga crítica e ideológica y su forma de volcar en la imagen su toma de partido por el campo popular. Y aunque la figura es un dato central de su pintura, hay una articulación continua con la abstracción, cruce que va configurando su mirada. A la vibración de su obra se agrega una característica ondulación de las formas, campos de color delimitados pero a la vez deformantes, que recomponen figuras en las que se juega una geografía pictórica característica, que en cada fragmento de la tela resuelve la aparente contradicción entre la figura y su disolución; entre el campo de color y la configuración de un motivo visual reconocible.
Hacia la década de 1970, Gorriarena había roto los puentes con la realidad fenoménica. Disconforme con su pintura anterior (naturalista), pero también con esa especie de expresionismo abstracto al que lo había conducido una múltiple destrucción de la figura humana, comenzó una vuelta distinta a la figuración: “Trataba de expresar – afirmó el pintor argentino-, fundamentalmente, las circunstancias en las que vivíamos. Banderas, orejas, cojones, seres aspirinados, participan simbólicamente dentro de un espacio dual en el que el color se va liberando y la organización comienza a ser una consecuencia de la internación”. Sin dudas, estaba planteando las coordenadas de su expresión posterior.
“En sus obras, Gorriarena apela a la hipérbole como principio organizador del discurso –aseguró el director del Bellas Artes, Andrés Duprat–. La mirada del artista ofrece retratos punzantes de personajes de la política nacional e internacional, pero también representaciones arquetípicas del poder y el mundo del espectáculo. La banalidad se vuelve caricatura a través del uso de colores estridentes y de la dimensión agigantada, deforme, del cuerpo humano y los espacios que habita”.
Más allá de sus incursiones artísticas, hubo una coherencia ideológica estrechamente ligada con una realidad americana. En cuanto a los márgenes de intencionalidad interpretativa, Gorriarena temía la ideología discurseada. “Cuando las ideas crean márgenes estrechos hay que pensar si fueron o no recreadas en el contacto con la realidad”, sostenía. Es lo que ocurre con los artistas que, extremadamente preocupados por una sintaxis o una semiótica, no logran incorporar todo lo que les depara la praxis. La realidad, por más tremenda que sea – según Gorriarena- no impone tantos márgenes como el ideologismo que la deforma.
Darle cara y cuerpo al poder fue el tema rector de su producción. Si durante la década de 1970 se concentró en quienes detentaban el poder político y militar, con el retorno de la democracia amplió ese enfoque para abarcar otros aspectos de la vida social y personal. Cuando le preguntaron si la figura humana cobraba una simbología especial como discurso en lenguaje plástico, reveló una curiosa anécdota: “Hace años, un pintor latinoamericano pintó a un latifundista a caballo, golpeando con su látigo a un campesino. El más importante hacendado de su país compró esa obra. Cuando el pintor le preguntó por qué lo había hecho, le respondió: Porque usted, mi amigo, es un gran pintor: el único que se atrevió a pintar de qué modo hay que tratar a estos indios…´”.
