cultura

Entrevista a Malena Muyala

La cantora uruguaya estuvo recientemente en nuestra ciudad compartiendo un espectáculo con su compatriota, Ana Prada.

Interés General

25/06/2026 - 00:00hs

El tango tiene en su voz una inflexión distinta. Cada una de las interpretaciones de Malena Muyala está impregnada de su personalidad. A los 20 años ganó en Montevideo el primer premio en un certamen de tango en el que participaron varios centenares de postulantes. Desde entonces fue afianzándose como una de las voces más genuinas de la música rioplatense, y una visita asidua de nuestra ciudad.

—¿Qué hay en el tango que te atrae?

—¡Mira qué pregunta! Arrancaste liviano (risas). Bueno, yo creo que primero hay una raíz familiar. Imaginate que a mi papá y a mi mamá se les ocurrió ponerme Malena. Ya había una admiración enorme, había una escucha de tango y había una admiración enorme, puntualmente en este caso por Homero Manzi. Me crié en un ambiente -en mi San José natal, una ciudad del interior de Uruguay-, sabiendo por lo menos que existía el tango y que había un tango que se llamaba Malena. El tango era algo muy mío y en todos los eventos familiares lo cantaba.

—¿Recordás cuál fue el primer tango que cantaste en público?

—Lo recuerdo perfectamente, el tango canción de Buenos Aires que me lo enseñó mi abuela. Yo iba a una escuela de monjas, en las fiestas de fin de año siempre había alguna especie de parodia, de sketch. Mi abuela me enseñó, para una de esas ocasiones, con ademanes y todo: "Yo de mi barrio era la piba más bonita, que en un convento de monjas me eduqué. Aunque mis viejos no tenían mucha guita con familia bacana me traté". Después: "Buenos Aires cuando lejos me vi", eran como mis dos tangos que estaban permanentemente ahí en el en mi mundo.

—El tango está más cerca de la nostalgia que de la esperanza. ¿Y vos ?

—Te podría decir que no lo disocio tanto porque yo creo que la nostalgia tiene algo también de esperanza. Recordar épocas donde nos sentimos mejor, porque fueron épocas más luminosas, está atado directamente con una esperanza de que quizá vuelva a ocurrir, ¿no?. Yo tengo una canción que se llama Brisa, en la que digo: "Siempre que puedo vuelvo a recorrer el patio de mi infancia". Es como una manera de volver a recorrer algo que está ahí, que puede estar teñido de nostalgia, pero que no deja de ser una esperanza también de volver a sentirlo.

—¿Te llevás bien con la soledad o te acobarda?

—Me llevo muy bien con la soledad. A medida que va pasando el tiempo y la vida, fui encontrando ese lugar de mayor comodidad y de contención conmigo misma. También ya tengo un hijo de más de 30 años que se fue de la casa, entonces eso eh te hace como volver a tu a tu esencia.

—La soledad puede ser una buena compañera.

—Te da mucho espacio para para reflexionar, para pensar, para proyectar cosas, para crear, y bueno, y después está el momento del encuentro con la gente querida y se disfruta muchísimo también cuando venís de estar un período de más introspectivo.

—Tomá al azar algunas imágenes de la infancia en las que aún te sigas reconociendo.

—Tengo una imagen que digo en una canción: "Salgo corriendo, alguien me llama y puedo ver mi pies hundidos en el barro". Yo pasaba mucho tiempo en el fondo de mi casa, donde había una huerta, que teníamos con mi abuela. Entonces plantábamos árboles frutales y zanahorias y frutillas. Y a mí me encantaba mucho estar descalza, pasar a la casa de la vecina, cortábamos cañas de tacuara, bajábamos higos, mi abuela hacía dulce, sacábamos uvas de los parrales y hacíamos v ino patero. De ahí me quedó una enorme avidez con el contacto con las cosas, con la naturaleza, con el disfrute de los sentidos, de las cosas coloridas.

—Nombraste varias veces a tu abuela Hablá de tu relación con ella.

—Yo me crié con mi abuela materna y mi mamá. Mi papá estuvo detenido en época de la dictadura. Yo tenía 4 años y mi mamá era muy jovencita (tenía veintipocos años), me tenía a mi hermano y a mí. Entonces encontró refugio en la casa de su madre, y con ella nos criamos y vivimos toda nuestra adolescencia y parte de nuestra juventud. Nos enseñaba a cocinar, a podar, a limpiar los patios, a poner membrana en el techo, a arreglar un enchufe, o sea, mi abuela nos enseñó , a mi hermano y a mí, el poder de valernos por nuestros propios medios.

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