cultura

La otra Colombia

Ahora que la derecha ha vuelto a ganar el gobierno en ese país, vale la pena recordar la historia de un cura que recurrió a las armas en su defensa de los pobres.

Camilo Torres nació el 3 de febrero de 1929, pero para su madre, Isabel Restrepo, nació el 15 de febrero de 1966, el día que lo asesinaron, porque ese día “él me transplantó su corazón, para seguir viviendo en mí, y que yo pueda continuar lo que él dejó inconcluso”.

Isabel Restrepo siendo muy joven se casó con un alemán, tempranamente viuda, volvió a contraer matrimonio, esta vez con un colombiano –el médico Calixto Torres Umaña-, con quien tuvo dos hijos: Fernando –que sería profesor universitario en Minneapolis, Estados Unidos- y Camilo, quien sería cura, sociólogo, uno de los pioneros de la teología de la liberación y miembro del Ejército de Liberación Nacional.

De niño, Camilo repartía entre los pobres los remedios del botiquín familiar y el dinero que le daban para el cine. En el colegio tomó afición por el periodismo, escribía una nota semanal para el diario El Puma. Su madre tenía una finca no lejos de Bogotá donde criaba vacas, y allí Camilo colabora como peón adquiriendo destreza en las tareas agrícolas.

Camilo Torres estaba de novio cuando recibió el llamado de la vocación sacerdotal. La madre lo sacó por la fuerza del tren que lo llevaba al convento dominicano de Chiquinquirá, pero Camilo estaba tan férreamente determinado a ser cura que terminó ingresando al Seminario.

Cuando se ordenó sacerdote fue a Bélgica para estudiar sociología en la universidad de Lovaina. A principios de 1959, volvió a Colombia para llevar adelante su acción pastoral. Fue uno de los fundadores en país de la Facultad de Sociología, donde estuvo al frente de una cátedra durante cuatro años, y ejerció la capellanía de la Universidad Nacional –hasta que la jerarquía eclesiástica lo apartó del cargo por defender a unos estudiantes incriminados como comunistas. Como sacerdote eligió ejercer su tarea en diversas zonas rurales, conociendo de primera mano las condiciones infrahumanas en que trabajaba el campesinado colombiano.

Entre los papeles personales de Camilo Torres, encontrados después de su muerte, se encuentra el siguiente que testimonia el viraje que dio su vida por aquellos años: “Soy revolucionario como colombiano, como sociólogo, como cristiano y como sacerdote. Como colombiano, porque no puedo ser ajeno a las luchas de mi pueblo; como sociólogo, porque gracias al conocimiento científico que tengo de la realidad, he llegado al convencimiento de que las soluciones técnicas y eficaces no se logran sin una revolución; como cristiano, porque la esencia del cristianismo es el amor al prójimo y solamente por la revolución puede lograrse el bien de la mayoría; como sacerdote, porque la entrega al prójimo que exige la revolución es un requisito de caridad fraterna, indispensable para realizar el sacrificio de la misa, que no es una ofrenda individual, sino de todo el pueblo de Dios por intermedio de Cristo”.

Publica un periódico titulado Frente Unido, que vende cerca de cincuenta mil ejemplares. Se lo acusa de ser marioneta cuyos hilos maneja el comunismo internacional, contesta: “prefiero ser un idiota útil al servicio de la revolución, que un idiota inútil al servicio de la contrarrevolución”. Sus superiores jerárquicos le prohíben oficiar misa, lo que no hace más que radicalizar su posición ideológica lo que llevó a que el 15 de febrero de 1966, muriera en el monte con el fusil en la mano.

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