Las andanzas de Inodoro Pereyra en Cuba
A mediados de los ochenta Roberto Fontanarrosa fue a la Isla de Fidel, invitado para participar en unas jornadas de humor y dejó una huella que no se borra.
culturaA mediados de los ochenta Roberto Fontanarrosa fue a la Isla de Fidel, invitado para participar en unas jornadas de humor y dejó una huella que no se borra.
17/06/2026 - 00:00hs
Roberto Fontanarrosa llegó a la habitación 743 del Hotel Nacional, se pegó una ducha y se dispuso a descansar las dos horas exactas que median hasta la tempranera cena cubana de las ocho de la noche. ¿Quién podía llamarlo a La Habana?, se preguntó.
–¿Fontanarrosa? Habla Zumbado, de Cuba –informó una voz pastosa en el otro extremo del auricular. Los Les Luthiers le habían hablado de él. Sabía que era un humorista.
–Estoy en el hotel. Baja, que quiero conocerte.
–Me cambio y voy. ¿Dónde estás?
–En el único lugar donde se puede estar. En el bar.
Acodado en el mostrador, el dibujante cubano estaba con Helio Flores, un colega mexicano. Zumbado también había llamado a su habitación al dibujante mexicano. Les proponía ir a ver a Cardi, uno de los mayores humoristas cubanos que vivía a cuatro cuadras del hotel. No tuvo que hacer muchos esfuerzos para convencerlos. Compraron una botella de ron Havanna Club y fueron.
“Oski nos enseñó a tomar ron”, gritó el viejo Cardi, de barba blanca y cabellera muy poblada. Tenía entonces 73 años, refiriéndose al maestro argentino de humor gráfico. Oski les decía: “¿Cómo es que ustedes toman whisky después de comer, teniendo un ron como el que tienen?”. Brindaron porque algún día alguien se acordara de ellos como ellos se estaban acordando de Oski. Oscar Conti –alias Oski-, apoyaba los movimientos de izquierda latinoamericanos, para expresar su compromiso había llegado a Cuba muy poco después del triunfo de la revolución.
–¿Ves, Oski, ese edificio?. Bueno, antes de la Revolución, ese era un lugar de juego, prostitución, vicio, bebida. En cambio, ahora…
–Ahora es un lugar muy aburrido-, interrumpió Oski.
El ron aparece entrañablemente ligado a la historia de Cuba. “El mejor ron del mundo”, dicen los cubanos. Hay dos visitas obligadas para cualquiera que llegue a La Habana: La Bodeguita del Medio y el Floridita.
La Bodeguita del Medio nació en 1942 como Casa Martinez, y con el correr del tiempo los habitués comenzaron a llamarla primero La Bodeguita y luego La Bodeguita del Medio, ya que se encuentra a la mitad de una cuadra de la Habana Vieja, a quinientos metros de la Catedral. Es un lugar donde al entrar se topa uno con una barra con taburetes y atrás, en otro salón, se puede comer. Las paredes y columnas están cubiertas de inscripciones dejadas por los concurrentes, fotos de los clientes asiduos y frases recordables. Allí paraba Ernest Hemingway y puede verse su firma al pie de uno de esos murales, bajo la frase: “Mi daiquiri en el Floridita, mi mojito en la Bodeguita”. El mojito es la gran especialidad de la casa. Un cóctel a base de ron blanco, hielo, azúcar, soda y una ramita de hierbabuena. Se la comprime un poco en el fondo y le da al cóctel un resabio mentolado.
El Floridita es más elegante. Es considerado uno de los siete bares más distinguidos del mundo. Allí apuraba Hemingway su daiquiri, pero quitando uno de los componentes del trago: no incluía el azúcar. El Hemingway especial solo se hace con ron, hielo y limón.
Roberto Fontanarrosa fue a San Antonio de los Baños, a la Cuarta Bienal Internacional del Humor, en donde participó como jurado. En esa localidad, otro argentino, Fernando Birri, fundaría por esa época la Escuela Internacional de Cine, junto a Gabriel García Márquez. Fontanarrosa comprobó que para los cubanos todo reside en la primera persona del plural: “Supongo que los que no están de acuerdo con la Revolución ya se han ido hace mucho e integran la comunidad de Miami. Pero los que se quedaron se sienten gobierno”.
Cuba tiene una gran tradición de humoristas y dibujantes. Una rica historia que en Latinoamérica sólo puede encontrarse en Venezuela y Argentina. Le preguntaron por qué le decían Negro, pese a la pigmentación de su piel. Fontanarrosa contestó que era un apodo muy frecuente en Argentina. “Yo creía que te decían así porque hacías humor negro” –se asombra Wilson que era negro de verdad. Pasando por alto el equívoco por el color de piel, al inolvidable Roberto Fontanarrosa, en Cuba, se le sigue diciendo “El Negro”.