cultura

Dos maneras de ser porteño

César Tiempo y Manuel Mujica Lainez mostraron dos maneras distintas de retratar a una ciudad que los cobijó a ambos.

Miembro de una familia aristocrática de Buenos Aires, Manuel Mujica Lainez —“Manucho”, como lo apodaban— nació el 11 de septiembre de 1910. En su árbol genealógico, se encuentran personalidades como las de Juan de Garay, fundador de la ciudad porteña en 1580. Del lado materno, ya contaba con escritores y periodistas que, seguramente, influyeron en su amor por las letras. Había comenzado la carrera de Abogacía, pero luego la abandonó para dedicarse a la literatura, aunque no solo a ella: además de escribir poemas, cuentos y novelas, abordó otros géneros como la biografía, la crónica de viaje, el ensayo y la crítica de artes.

Por su parte, Cesar Tiempo había nacido en Ucrania, el 3 de marzo de 1906 y, en 1924, ya tenía la ciudadanía argentina. Su vida estuvo marcada por la escritura y los libros. Se convirtió en escritor y periodista, y asumió un rol protagónico en los debates de la época, tal vez el más recordado sea el que lo enfrentó con el escritor y político antisemita Hugo Wast, quien fue director de la Biblioteca Nacional durante la dictadura militar de José Félix Uriburu, hasta su renuncia en 1955.

En floridas notas, el joven Mujica Láinez y Jorge Luis Borges coincidieron en ese afán enloquecido por poseer el pasado a través de los lazos de sangre. En un cínico diálogo con Jorge Luis Borges publicado por La Nación el 30 de abril de 1977, la idea llegó a su apoteosis. Al hacer referencia a los elementos comunes en la obra de ambos, Mujica Láinez fue claro: “Lo único que pueden tener en común no depende de nosotros sino de nuestro origen. Es decir, tanto yo como Borges descendemos de una serie de personas que en una forma o en otra han contribuido a hacer el país; personas que en el caso de él son héroes, y en el mío, escritores”.

Según Juan Sasturain, el otro motivo obsesivo para Mujica, dique o sangre coagulada, materialización de ese tener en el tiempo y garantía de porteñidad, eran las cosas: residencias, palacios, casones. “Por ahí andan – escribe Sasturain- siempre los adjetivos que cuelgan de rejas y portales, pretexto o motivo para hablar de sus prestigiados habitantes, encerrados con sus objetos nobles dentro de ellas, como en un estuche que los dignifica”. Si tenemos en cuenta que entre los primeros libros de ficción de Mujica están títulos como “La casa” o “Aquí vivieron” se percibe la continuidad llamativa de los temas.

Los porteños que convoca Tiempo son, como era previsible, otros. Otros sus ámbitos, sus amores y debilidades. Pero antes y de salida, hay que decir que “Manos a la obra” es una obra torrencial, a veces deshilvanada, ocasional y memoriosa, pero siempre de una calidez que empañan algunos malabares verbales, cierto afecto indiscriminado, profesional, que desparrama a manos llenas.

Si nos propusiéramos sintetizar el porteñismo de Mujica Láinez y Tiempo, habría que decir que lo que sedimenta la lectura final del libro de Tiempo es, sin embargo, otra cosa. (sobre todo comparándolo con “Los porteños” de Mujica Láinez). Se trata de laburantes. La literatura, en Mujica, se conecta con el ejercicio estético del coleccionista, con el placer de la creación de un objeto elegante y contemplable; en César Tiempo, es la continuidad del trabajo periodístico lo que la define, es el espacio que se le gana a la redacción diariamente trajinada.

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