cultura

Los recovecos de Berlín

Con casi cuatro millones de habitantes, la capital de la tercera economía mundial es una ciudad llena de secretos.

Interés General

13/07/2026 - 00:00hs

La primera vez que se cita en la historia a la ciudad de Berlín es en 1230, año en que era una pequeña colonia de cazadores y pescadores, y cuya población se mantuvo relativamente independiente durante los siglos XIII y XIV. En 1415, la familia Hohenzollern que gobernaba en el estado de Brandeburgo, estado que formaba parte del Sacro Imperio Romano Germánico, se instala en Berlín y unos años más tarde, al final del siglo XV, declaran a Berlín capital de Brandeburgo.

Más de trescientos años después, la ocupación de Alemania por las tropas napoleónicas hizo surgir la conciencia nacional y Berlín se convirtió en la sede del movimiento nacionalista alemán. En 1871 Prusia derrotó a los franceses en la Guerra Franco-Prusiana. El Estado de Brandeburgo pasó a formar parte de Prusia y Berlín se convirtió en la capital del nuevo Imperio Prusiano.

El 1 de septiembre de 1939 Alemania invadió Polonia y con ello estalló la Segunda Guerra Mundial. Al final de la guerra, los bombardeos aéreos realizados por ingleses y americanos y el avance del ejército ruso arrasaron Berlín. El 8 de mayo de 1945 se firmó el acta de rendición. Alemania, tras la conferencia de Potsdam, se dividió en cuatro partes administradas por cada una de las potencias vencedoras. Berlín quedó dentro de la zona administrada por la URSS y también se dividió en cuatro zonas.

En junio de 1982, la ciudad organizó un festival dedicado a la cultura de América Latina. Uno de los escritores argentinos invitados fue Osvaldo Soriano, quien además de participar de debates y coloquios, fue cronista de aquel volcán histórico en que se había convertido Berlín. Acompañado por alguien que conocía los recovecos de esa ciudad de dos caras, un extranjero podía cortar por los baldíos, a campo traviesa y llegar hasta un miserable cartel sostenido por cuatro tubulares, que miraba hacia la medianera del museo: “Aquí se hallaban las células de tortura de la Gestapo”, decía. Estaba escrito en inglés, ruso, francés y alemán y las palabras grabadas en letraset, se despegaban horadadas por las lluvias.

En ese edificio imperial establecieron cuartel las SS, una suerte de agrupación de guardaespaldas de Hitler. Un par de manzanas lindantes fueron desalojadas y allí se instalaron las salas de interrogatorio y tormento. Los bombardeos de 1945 desmantelaron el barrio y los soviéticos terminaron de arrasarlo para acabar con la resistencia de las últimas tropas nazis. Más tarde, los norteamericanos sacaron los escombros y dejaron este terreno vacío, culposo, donde la memoria de los viejos berlineses se perdía en una bruma de encrucijadas y atajos.

Luego de caminar a lo largo del Muro de Berlín, como si una pesada culpabilidad acompañase a los transeúntes cada vez que alzaren la vista, el autor de Triste, solitario y final reflexionaba: “El nazismo tuvo aquí su apogeo y su lógico destino: la guerra, el desmesurado sueño de conquista, el genocidio de opositores y minorías. A cincuenta años de la instalación de ese régimen de oprobio, el resultado es alucinante: una ciudad bicéfala, o más bien sociedades divididas por un abismo político pero hermanadas por sangre”.

El 9 de noviembre de 1989 cayó con estrépito el Muro, aquella construcción de unos 50 kilómetros de largo y 4 de alto que durante 28 años dividió a Berlín Occidental de la República Democrática Alemana (RDA). Su eliminación significó el fin del régimen de la RDA y de los regímenes comunistas en Europa Oriental. Hoy en día, la ciudad sigue en permanente reconstrucción. La gran excepción del Viejo Continente: prácticamente no hay nada antiguo. Se destruyó el 70% de la ciudad y se fueron reconstruyendo algunos sitios a imagen y semejanza de los originales y otros, con nuevos diseños y el estilo del nuevo milenio.

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