cultura

Radiografía de la oligarquía argentina

Entre Domingo Faustino Sarmiento y Juan Sasturain se puede componer un retrato del grupo más privilegiado de nuestro país.

Interés General

05/06/2026 - 00:00hs

En 1885, ya septuagenario, Domingo F. Sarmiento fundó El Censor. Desde esa trinchera de papel el viejo bruloteador radiografió sin sutilezas un momento crucial de la vida argentina. En la década del 80 el país renunció a la posibilidad de un desarrollo capitalista nacional, consolidó el dominio de una clase oligárquica parasitaria, cedió al capital extranjero los riesgos, y naturalmente los beneficios. Había en el país mucho dinero, pero sus propietarios no lo invertían en favor del desarrollo nacional, sino en consumos ostentosos, y la clase ganadera, ni siquiera tuvo visión para instalar un frigorífico. Tarea que quedó en manos del capital extranjero.

En ese sentido, Sarmiento denunciaba en enero de 1886: “Los que viven y merodean en torno del poder de Roca, ésos no tienen indignaciones, su oficio es roer, se llenan de regocijo al ver llegar aquí las piltrafas y se tapan los ojos, cierran sus oídos, a la sola noticia de los millones que embolsan los Baring y los Morgan, que a la hora presente reirán a carcajadas de South America a costa de nuestro porvenir y nuestros bolsillos”. Asimismo, remarcaba que “al paso que vamos, dentro de poco no nos quedará un palmo de tierra en condiciones de dar al inmigrante”. Como se presume, el reverso de toda concentración de la riqueza es el empobrecimiento de la sociedad.

No obstante, Juan Sasturain aseguraba que hay una falsa y malintencionada etimología de la palabra oligarquía que, en lugar del correcto significado de gobierno de pocos, intenta proponer como definición la suma de los conceptos populares correspondientes a las palabras “oligo” y “garca”. Lo cierto es que el primer dato, a diferencia de la bacanería de antaño, se ha pasado del concepto de la guita natural al de la riqueza escandalosamente obtenida sin laburar. La vieja oligarquía, asegura Sasturain, tampoco frecuentaba “la pala” y uno estaba acostumbrado a que esa gente tuviese grandes ingresos, como los tiene hoy, proveniente d vagos pero concretos campos, de difusas pero voluminosas industrias luego.

El autor de Manual de perdedores y El dudoso Noriega asegura: “Los omnipotentes del setenta en adelante han hecho el paco actuando. Con guantes, discos y raquetas han amontonado sus pesotes a al vista de todos; partiendo en algunos casos del oscuro fango tanguero, con destreza, dedicación o empujón más vocación y promoción, han pasado del micro al aliscafo, al jet, al set, al gran Prix”. Esa diferencia fundamental tenía sus puntos pintorescos: la nueva generación asumía su flamante condición sin complejo de conducta social; nada de ir a cursos de comportamiento en sociedad, nada de utilización de afectados modismos idiomáticos o modificación relampagueante del look.

Lo cierto es que la oligarquía de nuestro país –que siempre careció de conciencia nacional - ha sido extremadamente improductiva. Como burguesía industrial tan solo fue incipiente, como oligarquía agropecuaria nunca tuvo una legítima vocación patriótica, y es por ese motivo que los gobiernos en los que delegaba el poder asaltaron los bienes colectivos, los del Estado, aquellos que habían construido nuestros mayores en distintos períodos. Se quedaron con los ferrocarriles que, curiosamente, al ser privatizados, fueron dejando de funcionar.

No obstante, analiza Sasturain, la nueva oligarquía corre con una desventaja: su espectacular ascenso, tan público y notorio, la enfrentó con objeciones y problemas de conciencia que la vieja no se planteaba. Para quien lo usufructúa, el concepto de “superioridad natural” es incuestionable. La nueva clase, en cambio, tambalea más en su igualmente injusto pedestal. Su propia y súbita opulencia-las cifran circulaban en los diarios y revistas- la acosaba permanentemente. En palabras de Sasturain, están “cerca para aplaudir, sí, pero muy cerca también para empezar a tirar piedras”.

Noticias Relacionadas