cultura

Breve historia de la ciudad de Buenos Aires

La capital de nuestro país es emblema del cosmopolitismo y las contradicciones sociales, hablar de ella es remontarse en el tiempo.

Según los criterios demográficos, una ciudad es más importante cuando es mayor el número de sus habitantes. En ese sentido, Alejandro Dolina especuló alguna vez acerca de la indignación que producía ese criterio entre los filósofos elitistas de su cuadra, que propugnaban más bien el uso de pautas aristográficas, de acuerdo a las cuales las ciudades más importantes son las habitadas por los mejores. Los mejores, claro, eran ellos.

La Ciudad de Buenos Aires fue fundada dos veces. La primera , realizada en 1536 por el español Pedro de Mendoza, quien la llamó Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre. Allí se instaló el primer asentamiento, que según los relatos de un tripulante, no prosperó debido a las difíciles condiciones de vida que imperaban y a la resistencia de los nativos querandíes. La segunda fundación sucedió en 1580. En esa ocasión fue Juan de Garay quien, en nombre de la Corona española, quien la bautizó como Ciudad de Trinidad, lugar que se empezó a desarrollar - a nivel social y político-, en los actuales terrenos de la Plaza de Mayo. En 1776 se la designó como capital del reciente Virreinato del Río de la Plata, permitiendo que se posicione en el mercado comercial: su puerto y sus conexiones con las ciudades del interior se convirtieron entonces en su mayor fortaleza.

Dolina aseguraba que la ciudad no se comportaba como un gigante, sino como un conjunto de enanos. Las calles repetían sus denominaciones en cada municipio, siguiendo numeraciones que no respondían a un criterio único. En realidad, no respondían a ningún criterio. Así, la calle Sarmiento al 200 aparecía por lo menos una docena de veces en lugares que pertenecían a la misma ciudad.

Con la aparición de las industrias y el ferrocarril, durante la segunda mitad del siglo XIX, el puerto de Buenos Aires se convirtió en el punto estratégico de la actividad económica de un país que se lo conocía como “el granero del mundo”. Además, fue la puerta de ingreso de la llegada de la primera gran corriente migratoria para poblar la nación que impulsó el Estado argentino dando lugar a una cultura ecléctica. La misma estuvo nutrida por españoles, italianos, sirios, libaneses, polacos y rusos.

En ese sentido, no es cierto que el aire esté menos contaminado. El tránsito es un desastre y la señalización escasa. Hay, eso sí, semáforos. En cualquier parte. Puede faltar agua, electricidad o limpieza, pero no semáforos. El cronista del Angel Gris escribió: “También hay rascacielos. Gigantescos edificios de veinte pisos a cinco cuadras de los enormes descampados. Onerosos departamentos de dos ambientes en Paso del Rey. Estos lugares constituyen un hecho demencial, ya que combinan, con toda perversidad, los inconvenientes del centro y el suburbio, sin ofrecer ninguna de sus ventajas”.

El suburbio porteño de las primeras décadas del siglo XX no se parecía a éste. Se trataba de un suburbio arrabalero. Los barrios periféricos de aquel entonces (Saavedra, Avellaneda, Mataderos, Liniers) mantenían un vínculo sentimental con sus pobladores. Este sentimiento se traducía en actividades comunes que unían a los vecinos: clubes, bibliotecas, tertulias, bares. Muchos de estos barrios llegaron a tener un estilo propio que los diferenciaba de los otros.

En los años ´30 apareció el Obelisco, ícono porteño por excelencia y, un tiempo después, la Avenida 9 de Julio se convirtió en la arteria más importante de la Ciudad. En 1994 Buenos Aires logró sancionar su propia constitución y tener un gobierno autónomo, elegido por sus ciudadanos, como resultado de la Reforma de la Constitución Argentina. Esto es solo parte de sus más de 400 años de historia, en los que Buenos Aires se erigió como la ciudad cosmopolita, compleja y dinámica que es en el día de hoy.

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