Entrevista a Malena Muyala
La cantora uruguaya estuvo recientemente en nuestra ciudad compartiendo un espectáculo con su compatriota, Ana Prada.
culturaSandor Marai es uno de los mayores escritores de la historia de Hungría, que se vio obligado a enfrentarse a la locura y el crimen.
26/06/2026 - 00:00hs
Proveniente de una familia de la burguesía de Hungría, sufrió primero los embates del nazismo y posteriormente fue censurado por el comunismo que emergió de la Segunda Guerra Mundial. Obligado al exilio y olvidado en su propio país, vivió una nueva vida esperando que se dieran las condiciones políticas para el regreso. Se ha comparado su obra con la de Thomas Mann y Gyula Krúdy. El propio autor manifestó en una ocasión que veía cómo se desintegraba la clase media húngara, cuyo modo de vida conocía a fondo por haber nacido en el seno de una familia de ese sector social y por haberlo hecho objeto de una observación minuciosa: "tal vez la única obligación de mi vida y de mi trabajo como escritor sea elaborar el proceso de esa desintegración".
Empezó a escribir en diarios húngaros a los catorce años y a publicar poemas a los dieciocho. La llegada al poder del nacionalista Horthy coincidió con su partida a Lepizig, donde se matriculó en la universidad y donde descubrió que prefería las redacciones a los claustros académicos. Antes de cumplir los veinte logró convertirse en corresponsal itinerante del prestigioso Franktfurt Zeitung y pasó los diez años siguientes entre Berlín y París, Damasco y Florencia (junto a Ilona, la mujer que lo acompañaría el resto de su vida, y con la cual tradujo en esos años al húngaro las obras de Kafka y Benn, mientras escribía en alemán para el Zeitung).
A su retorno a la patria, Marai conoció el éxito y escándalo con Los rebeldes (1931), una novela que retrataba un “despertar de primavera físico y moral que se abría a todas las seducciones, sobre todo las ilícitas, tanto políticas como sentimentales”. Ese libro inauguró para él y para sus lectores una producción literaria febril que ni siquiera la Segunda Guerra Mundial pudo aplacar.
Se sabe que Marai tuvo un único hijo con Ilona, llamado Kristof, que murió a poco de nacer en 1940. Poco después, los bombardeos aéreos destruyeron la residencia de la pareja en Budapest y debieron buscar refugio en una aldea del campo, donde salvaron la vida de un huérfano que llamarán Janos y se convertirá en su hijo adoptivo.
Marai parecía condenado al éxito y, así como sucedería con el autor de Muerte en Venecia, su futuro no podía ser otro más que la adulación de los lectores, el reconocimiento de sus pares, y ¿por qué no? la gloria del Nobel entre conferencias alrededor del planeta. Sin embargo, aquel inevitable destino se desmoronó de un día al otro. Su nombre se perdió en la bruma, sus libros desaparecieron, y su vida se redujo a una triste peregrinación por Europa y América.
Cuando se impuso el régimen comunista, primero se prohibió que se reeditaran sus libros y Marai quedó dispuesto a “escribir sólo para el cajón”. La pluma de Márai describió con maestría aquel tiempo de locura e ignorancia: “Habían apoderado de la propiedad privada, y como el comunismo considera al individuo una propiedad privada, un día empezaron a apoderarse también de los individuos…”. Cuando las autoridades se burlaron de su decisión y quemaron en público los ejemplares que quedaban en librerías y bibliotecas, decidió emigrar con su mujer y el hijo adoptado. El exilio lo llevaría de Italia a Suiza y de Londres a Nueva York, donde consiguió por fin un empleo en Radio Europa Libre. Cuando la muerte se llevó a Ilona y a Janos en menos de dos años, Marai compró un arma y decidió acompañarlos en ese exilio definitivo.