Excursión al universo íntimo de Mercedes Morán
¡Ay, amor divino! es el unipersonal escrito y protagonizado por la actriz. En la obra relata su infancia en el interior del país, anécdotas familiares y la compleja experiencia del amor
Dueña de un misterio y una sonrisa que todo lo puede, ella recorrió éxitos teatrales, televisivos y cinematográficos. Un día, en la soledad de su hogar, Mercedes Morán tomó una lapicera y un cuaderno para plasmar su historia de vida, dejando de lado los personajes que encarnó durante su carrera. Debutó como dramaturga y se inició en el apasionante mundo de los unipersonales. Abandonando el pudor de las primeras veces y tomando fuerza, la intérprete se para en los escenarios y narra, con mucho coraje, la selección de los textos de su autoría.
En una entrevista íntima con este medio, la artista describe el nacimiento de la pieza teatral, en qué se inspiró para redactar la serie de relatos que hilvanan las etapas de su existencia y cómo estas fueron atravesadas por diferentes formas y experiencias del amor.
Como si fuera la primera vez
La pluma de Mercedes fue llenando, con recuerdos y memorias, los espacios vacíos de su diario íntimo. De a poco, ella desmenuza su historia con sus andadas durante la niñez en el pueblo, la crianza en el seno de una familia católica y la posterior mudanza a la ciudad. Las situaciones pueden despertar las sonrisas cómplices del público como también la nostalgia por los tiempos pasados. Ahí donde la inocencia y la calidez del hogar era lo relevante de lo cotidiano. Bien plantada y feliz con el resultado, Morán habla de sus etapas y abre su corazón.
—¿Te encontraste con la actuación o ella te encontró a vos?
—Nunca sentí que quería ser actriz ni nada. Después del secundario, me mudé a Buenos Aires para estudiar Sociología en la Facultad de Humanidades. Pasaron unos meses y por el contexto político del país ya no pude continuar con la carrera. Estaba embarazada de mi primera hija y, por mera curiosidad, me anoté en un curso de teatro. En ese momento me percaté de que tenía vocación por determinadas obsesiones que tenía, como observar el comportamiento de los demás, y descubrí mi naturaleza como actriz.
—La obra es de tu autoría, ¿cuándo surgió la necesidad de la escritura?
—Hace ocho meses comencé a escribirla. El contenido está dado por cuentos que narraba en forma oral en algunas oportunidades y decidí volcarlos al papel. Después de filmar una película, me volqué de lleno al proyecto.
Llamé a Claudio Tolcachir, director del unipersonal y amigo, para que me ayudara. Quería mostrar cómo nos atraviesan las diferentes formas del amor. No solo el afecto de pareja o a uno mismo, sino ese sentimiento en el estado más puro, mas íntimo, más sano.
El amor a la familia, a la Nación, al compañero, a los hijos, a la profesión, a los amigos, a la libertad. Hablo de este concepto en su sentido más amplio.
El guión está atravesado por el humor, incluso aquellas experiencias que me hicieron sufrir. Reír es sanador y no quería mostrarme solemne desde la palabra. Este proyecto fue posible gracias a la gente que me rodea, que confió en mí, y significa un gran aporte a mi carrera.
Quiero que el público que me sigue, que hace el esfuerzo de pagar una entrada, se vaya con una buena sensación, y que mis monólogos los dejen pensando.
—¿Tenés alguna clase de ritual para las funciones?
—Antes de la presentación suelo tener algunas cábalas que voy modificando según el día o lo que me pase. Por ejemplo, aleatoriamente, en cada espectáculo, y antes de salir a escena, tengo algún tipo de invocación, en este caso convoco al ángel de mi padre para que me proteja y todo salga bien. Pero siempre es diferente.
