cultura
Entrevista a Benjamín Prado
El escritor español acaba de publicar Qué estoy haciendo aquí, un libro de memorias donde el asombro y la risa van de la mano.
Algunos lo conocieron por haber escrito con Joaquín Sabina las canciones de Vinagre y rosas, pero la obra de Benjamín Prado es vasta y abarca la poesía, la novela y el ensayo. “Qué estoy haciendo aquí”, es un recorrido por algunos encuentros providenciales con algunas de las mayores plumas del siglo veinte, recreadas con una prosa que huye de toda pompa o tentación autocelebratoria, atravesada por el humor, y que se lee con el gozo de una novela de aventuras.
– Imagino que en España aún no se habrán apagado los ecos de los festejos por la Copa del Mundo.
–El fútbol es una picadura rápida. Se va deprisa.
–¿Cuán futbolero sos?
–Soy bastante futbolero. Tengo dos equipos: siempre fui del Atleti de Bilbao - tenía mi ídolo juvenil que era el portero Iribar con quien a veces, cuando voy a Bilbao, como y es una maravilla- y después me hice socio del Real Madrid, por Luis García Montero, básicamente para fastidiar a los amigos que son casi todos del Atleti.
–En este mundial, ¿hubo algún jugador que hiciera poesía en la cancha?
–Yo creo que hay un jugador maravilloso en la selección española que se llama Rodri, que seguramente es lo más parecido a Tony Kroos que hay en este idioma, Es un metrónomo, un distribuidor, jugador que hace mejores a todos los demás. Son los jugadores que me gustan. Parece un delineante más que un futbolista. Me gusta mucho.
–Últimamente se te ha dado por convocar fantasmas. Primero en versos con “La edad de los fantasmas”, luego en prosa con "¿Qué hago yo aquí?". ¿A qué se debe esa tentación por la ouija?
– Me temo que son los fantasmas los que lo convocan a uno. Con los años y con los muertos que se van sumando en las agendas de teléfono. Hay mucha más gente a la que echar de menos que gente a la que disfrutar. Mucho más pasado que futuro, sin duda. Creo que hay palabras más bonitas que otras en el diccionario. La palabra "cuidar" es muy bonita, por ejemplo. Y la palabra "gratitud", también. Y yo le estoy muy agradecido a mi vida, a la suerte que he tenido de encontrarme por el camino con personas extraordinarias, con personas que además de ser interesantes, de enseñarte cosas, te divertías.
–¿Cuál es tu muerto de cabecera, el que más asiduamente invocas para orientarte en la vida?
–Bueno, depende si me preguntas por muertos de sangre o no. Seguramente a mi madre es a quien yo traería un ratito más para volver a charlar con ella. De entre la gente del mundo de la cultura, seguramente Ángel González, que es la persona a la que más he cuidado probablemente; un tipo que tenía una cualidad rarísima en esta vida: escuchar con todo el cuerpo, no sólo con las orejas.
–¿Cuál es la primera persona que te abrió una puerta allí donde no sabías que había?
–Sin duda, Rafael Alberti. Cuando tenía diecisiete años entré un día en un bar, donde me mandó mi padre a comprar un helado para el postre, y ahí estaba sentado Rafael Alberti. Me cambió completamente la vida. Yo tenía diecisiete años, estaba empezando a leer; tenía un profesor del Instituto que me había dicho: "Tú tienes que ser poeta". No sé por qué. Y con Rafael pasé 15 años maravillosos. Era estar con un tipo que cuando decía: "Las manzanas le gustaban mucho a Pablo", tu tenías que preguntarle: ¿Neruda o Picasso? Porque ese era el nivel. Era como estar con un personaje recortado de un manual de literatura y disfrutar con su regreso a España, la vuelta de un país que había perdido 38 años por el exilio tras el golpe del estado del "funeralísimo" - como le llamaba siempre-. Además, luego era una persona cercana, divertida, humana.
–¿Cómo fue tu cena con Julio Cortázar?
–Una cena que demostró, primero, la suerte que conllevaba ser el escudero de Alberti. Porque claro, un día cenabas con García Márquez, otro día veías a Joseph Brodsky, otro venía por aquí Carlos Fuentes, en fin. Ese día, era una cena en la que recuerdo estaba Rafael, Matilde Urrutia -la viuda de Pablo Neruda- la actriz Nuria Espert, el actor Paco Rabal. Y apareció Cortázar, que acababa de publicar su libro "Nicaragua tan violentamente dulce". Cortázar, rápidamente, con una amabilidad exquisita, se fijó en mí y empezó a preguntarme cosas, con esa voz tan profunda, pronunciando mal la erre porque tenía un problema de frenillo:” ¿vos también escribís? Aquí, al lado del gran cronopio, ¿cómo es eso?”. Y me dio un consejo maravilloso: "Vos apilá nomás".
