cultura

La epopeya de los seres sencillos

Carlos Sorín tiene un talento inusual para captar lo cotidiano, y narrar esas pericias en las que todos podemos sentirnos reflejados

Interés General

25/04/2026 - 00:00hs

Además de ser director, Sorín fue guionista del cine argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es un director prolífico. Su vasta carrera lo llevó a filmar, al menos, unas diez películas. Recibió más de veinte premios nacionales e internacionales, —entre los que se encuentran el Premio Konex— diploma al mérito como uno de los cinco mejores directores de cine de la década 1981-1990 en Argentina.

Historias mínimas (2002) fue realizada luego de que Sorín analizara decenas de proyectos para darle continuidad a su por entonces exigua cinematografía. El filme le representó una suerte de segundo aire en su carrera. Con una estructura de producción atípica, evadida de las camisas de fuerza industriales, notable sencillez argumental, un equipo de producción muy básico, y con actores mayormente no profesionales, se realizaron tanto la muy elogiada y multipremiada road movie. Historias mínimas, como la posterior Bombón el perro (2004), minimalista mixtura de documental y ficción que también se ambienta en la Patagonia, como la mayoría de sus filmes, y que nuevamente recurre al tono agridulce, tragicómico, entre el drama social y la comedia de costumbres, que tan excelentemente maneja el realizador.

"Soy un enamorado del cine italiano", confesó Sorín durante una entrevista-."Recuerdo claramente la primera película italiana que vi, fue un verdadero shock para mí. Me enamoré de la actuación de Jeanne Moreau, una actriz que transmitía una autenticidad increíble en la pantalla. Curiosamente, años más tarde, en el Festival de Venecia, ella me entregó un premio, lo cual fue aún más impactante que el propio premio."

Historias mínimas es una película del tamaño de sus anécdotas. Una película que crece en la medida en que se le hace entrañable a quien la mira. Y una de las razones por las que crece es la resonancia que tiene la película con este momento del país. En ese sentido, entrelaza tres “pequeños” relatos: el de un viejo patagónico que sale a hacer trescientos kilómetros para recuperar un perro que “lo dejó” tres años antes; el de una “ocupa” de una estación de tren abandonada que gana el derecho a participar en un concurso televisivo (para lo cual debe hacer, también, trescientos kilómetros hasta el canal de televisión, cargando con un bebé, dejando sin vigilancia la casa tomada y sin poder avisarle al marido adónde fue, ya que éste ha salido al campo a buscar trabajo) y el de un viajante de comercio que quiere enamorar a una viuda reciente con una torta de cumpleaños para el hijo de ella.

En una de sus célebres crónicas, Juan Forn explicó cómo cada uno de los personajes tenía una entonación en su habla, que mostraba el mundo interior que habita, así como su origen geográfico y social: “Pueden venir de la Capital o de Corrientes, pueden tener sangre india o de inmigrantes europeos, pueden escuchar más la radio y la tele o el ruido del viento perpetuo contra las chapas del techo y las ventanas de su casa, pueden ser lacónicos o verborrágicos. Y lo argentino vendría a ser lo que hay debajo de esas diferencias: lo que aparece cuando se comunican, cuando se escuchan mutuamente y logran entenderse”.

Interesado por bucear en las historias que atraviesan diferentes conflictos humanos y en particular las relaciones parentales, el propio director propone situar que lo más importante en el cine consiste en ver el guión en su totalidad. “Las escenas deben estar bien construidas y desde esa perspectiva es preciso analizar la ingeniería dramática de la película, donde las piezas pueden ser reemplazadas pero hay una mecanismo que tiene que ver con el desarrollo del conflicto”.

Su película más reciente, El cuaderno de Tomy, data de hace seis años y se interna, con pulso cuidadoso y ajustadas actuaciones, en el conflictivo terreno de la eutanasia.

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