cultura
El progreso según Alejandro Dolina
Dolina reflexiona sobre autopistas y la tensión entre modernidad y nostalgia.
Alejandro Dolina escribió alguna vez una monografía en la cual sostuvo que era posible, a raíz del “problema de las autopistas urbanas” elaborar algunas conclusiones filosóficas. En primer lugar, aseguraba que no existía una sola persona en el país que no tuviese alguna opinión al respecto, aunque esto provocara en algunos hombres sensibles cierta prevención inexplicable contra todo lo que estuviese de moda. No obstante, había allí un color metafísico al parecer no advertido ni siquiera por los ingenieros que habían construido las autopistas.
Los hombres sensibles, según Dolina, andan de a pie, detestan la velocidad, padecen una incurable nostalgia y prefieren los paisajes amables y sencillos a la brutalidad de las grandes obras modernas. Existe inclusive un género artístico, propio de ciudades en proceso de cambio, que ejerce un innegable chantaje sentimental en los espíritus benevolentes. Y así aparecen poesías y canciones a las cosas que han de desaparecer. Un poco menos frecuente es el género artístico opuesto que tiende a festejar la magnitud de las nuevas construcciones y la potencia creadora del hombre.
Decir que esta polémica es vieja como la civilización no sería del todo correcto. En realidad, el espíritu de conservación de las obras y construcciones del pasado es algo relativamente reciente. Hasta el siglo XVIII no se ejercía la arqueología. Y recién en el siglo XIX los hombres han tomado conciencia de que hay cosas que vale la pena cuidar y preservar. Los siglos anteriores fueron testigos de abandonos, indolencias y demoliciones por deporte.
En los tiempos modernos - afirmaba Dolina, en un escrito que ha envejecido en algunos aspectos pero que se mantiene intacto en su fuerza reflexiva-, la controversia que vivimos los argentinos fue protagonizada por urbanistas, escritores, comerciantes y pensadores. Cuando comenzó la construcción de los grandes boulevares de París, muchos hombres sensibles de aquella comarca dejaron oír su voz de protesta. Años después, Anatole France dejaba que uno de sus personajes soltara este juicio: “Los bárbaros destruían las admirables obras de la antigüedad clásica. Pero al menos tenían la decencia de no reemplazarlas por estos espantosos puentes y viaductos”. El hecho es que a nuestros ojos actuales los grandes boulevares ya nos parecen clásicos y seguramente los parisinos sensibles se volverían locos si alguien sugiriera la posibilidad de construir allí una cadena de viviendas económicas.
