CULTURA

El niño que resolvió todas las ecuaciones

Ettore Majorana fue un hombre con una capacidad genial para hacer los más complejos cálculos mentales, que tuvo una vida excéntrica.

Ettore Majorana nació en Catania, en la Sicilia de principios del siglo XX. Desde niño quedó claro su talento y su enorme inteligencia: mientras otros niños jugaban y bromeaban, él se entretenía sentado en su escritorio, simplemente resolviendo ecuaciones. Nadie lo dudaba. Majorana se convertiría en un genio. Y así fue. Enrico Fermi, el físico italiano que ganaría el Premio Nobel en 1938 y luego se exiliaría en Estados Unidos para integrar el núcleo duro de científicos que desarrollaron la bomba atómica, dijo al enterarse de la desaparición de quien había sido su discípulo, en Roma, unos años antes: “Hay varias clases de científicos. Están los de segundo y tercer orden, que hacen correctamente su trabajo. Están los de primer orden, que hacen descubrimientos que abonan el progreso de la ciencia. Y luego están los genios como Galileo o Newton. Ettore Majorana era uno de ellos”.

Majorana hacía cálculos mentales que parecían imposibles para otros, y planteaba ideas tan abstractas que, a veces, ni sus colegas las entendían de inmediato. Además, se decía de él que era algo reservado, aunque muy consciente de sus altas capacidades. Mientras otros científicos publicaban, debatían y viajaban, él se replegaba. Tan solo escribió una decena de artículos y, de hecho, muchos de sus trabajos más profundos jamás llegaron a ser publicados. De alguna forma, era como si tuviera miedo a lo que sus descubrimientos pudieran desencadenar.

En 1937, Majorana obtuvo una cátedra en la Universidad de Nápoles, donde se volvió una auténtica leyenda. Sus alumnos solían experimentar sensaciones contradictorias: por un lado, les fascinaba la magistralía de su profesor peor, por otra, salían confundidos por sus lecciones, las cuales parecían más mensajes cifrados que clases.

Su corta y excéntrica vida, su enigmática desaparición, el perfil que dibujaban su genialidad y su incomodidad con esa genialidad, fueron como un rodillazo en los cojones para la Italia de Mussolini. En el legajo judicial del caso, después de las dos notas de despedida que dejó Majorana (una a su familia, otra a su colega Corelli de la universidad), se suceden una afirmación de Fermi (“Con lo inteligentísimo que era, tanto si hubiera decidido desaparecer como hacer desaparecer su cadáver, lo habría logrado sin ninguna duda”), un asombroso aforismo del jefe de la policía fascista Arturo Bocchini (“A los muertos se los encuentra; son los vivos los que desaparecen”) y, a continuación, una anotación de puño y letra de Il Duce: “Quiero que lo encuentren”.

Nunca lo encontraron. A pesar de las sugestivas evidencias que acercó la familia (el día de su presunto suicidio, Majorana llevaba encima su pasaporte y todos sus ahorros, y por lo menos dos personas que lo conocían juraban haberlo visto semanas después de aquella misteriosa jornada), la policía italiana cerró, archivó y olvidó para siempre el caso a fines de 1938.

La hipótesis que propuso Leonardo Sciascia en su magistral “La desaparición de Majorana” se cimentó en el dilema que enfrentaba Majorana como científico, la zozobra religiosa ante la frontera que indefectiblemente alcanzaría la ciencia. Porque, cuando se enfrentara a la posibilidad de manipular la energía nuclear, la ciencia no querría detener su avance, como quedó en evidencia después. Por eso, dice Sciascia, decidió Majorana desaparecer, “retirarse del siglo”, en 1938: para no tener que inventar la bomba atómica. Porque sabía que, si no se iba, no podría no inventarla. Sciascia explora esas paradojas hasta sus últimas consecuencias para ponernos frente a frente con los científicos que intentaban hacer la bomba atómica y los que intentaban no hacerla, durante la Segunda Guerra Mundial, y nos muestra que los supuestamente buenos estaban trabajando para el mal y que los supuestamente malos trabajaron para el bien.

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