Teresa Parodi: Hasta que amanezca
Nuevo disco de una juglar que permanentemente se renueva en la propuesta de mantenerse fuertemente erguida en sus raíces pero atenta a todo lo que nace.
culturaEl partido de ayer cifró un enfrentamiento histórico con un país que a lo largo de los siglos hizo de la rapiña un modus operandi.
16/07/2026 - 00:00hs
El 2 de abril de 1982, la Argentina tomó posesión de las Islas Malvinas, territorio usurpado por los ingleses en 1833. La ocupación dio comienzo a una guerra que concluiría dos meses más tarde -el 14 de junio de 1982- con más de 650 muertos del lado argentino y más de 250 muertos, de las fuerzas armadas inglesas. Argentina perdió la guerra, pero sigue reclamando por vías diplomáticas los legítimos derechos sobre el territorio usurpado por la fuerza.
El último combate es entre el 13 y el 14 de junio de 1982. A miles de kilómetros un general borracho y sus secuaces de las “tres armas”, con la calefacción de junio, deciden que no hay que rendirse hasta no perder las dos terceras partes de las tropas, unos ocho mil pibes. Él decidía, los nuestros ponían el cuerpo. Pero Mario Benjamín Menéndez desobedeció, no para salvar vidas ajenas, sino, como durante toda la guerra, la propia.
Ese 14 de junio pasaría a la historia negra de las Malvinas como el día de la caída de Puerto Argentino. Atrás quedaron las anécdotas, la historia. Las tres y media de la tarde de aquel viernes en que Galtieri, mirando la gente reunida desde el balcón de Casa Rosada, le dijo a Saint Jean: “Fíjese, quieren que hable, mire cómo está la plaza”. Y el entonces ministro, contestándole: “Disfrútelo, jefe, disfrútelo”. Lo cierto es que uno de los ejércitos más pro-norteamericanos de América había librado una de las mayores batallas antiimperialistas de la historia nacional y de Occidente.
Buenos Aires, por entonces, reinaba la confusión: un portaaviones inglés confundía una ballena con un submarino, y un locutor decía que “el submarino foráneo que navegaba por el Río del Plata era una acción psicológica”. Según el escritor Luis Frontera, aprendimos también cosas insospechadas, como cuánto tarda un destructor en llegar a Buenos Aires, desde la isla Ascensión, si viaja a 20 nudos por hora y no quiere gastar mucho combustible. Pero después sucedió lo que algunos denominaron “Ley del sánguche”: la guerra de Malvinas fue un sánguche entre dos plazas de Mayo. La del 30 de marzo (Interior habló de más de 2 mil detenidos) y la del 15 de junio con colectivos incendiados, periodistas itakeados y apaleados en general.
Eran días en que los diarios eran alentadores. El 1 de abril el almirante norteamericano Thomas Hayward, refiriéndose a las Georgias, dijo al llegar a Buenos Aires: “Estados Unidos es absolutamente neutral”. El 6 de abril el presidente Reagan fue consultados sobre su posición en el conflicto y expresó: “Soy amigo de los dos”.
Argentina ha acumulado a lo largo de su accidentada historia una lista impresionante de “Si hubiésemos sabido”. En ese sentido, pueden enumerarse, por ejemplo: que Estados Unidos iba a tener responsabilidad directa en la muerte de tantos soldados argentinos y nuestra cancillería ni siquiera iba a insinuar la ruptura de relaciones con los victimarios, cosa que no era una acción militar, terreno éste donde éramos inferiores. O que era cierta la existencia de un denominado Plan para el Océano Libre, aprobado en 1980 por el Consejo de Seguridad de los Estados Unidos, en el que se exige a Gran Bretaña que no abandone las Malvinas, que postergue indeterminadamente las negociaciones y que si se viera obligada a retirarse facilitase la instalación de los EE. UU.
(y que este plan tenía argentinos que adherían a él desde las esferas de la conducción nacional).