Argentina, con clima tormentoso

La inestabilidad, que ya lleva varios meses, se prolonga, los nubarrones oscurecen el cielo, el lector los conoce. Son casi innumerables, pero algunos preocupan más que otros: inflación, tarifazos y una devaluación del peso que carcome todos los salarios.

"Estamos atravesando un clima tormentoso”, admitió ayer el jefe de Gabinete, Marcos Peña.

La inestabilidad, que ya lleva varios meses, se prolonga, los nubarrones oscurecen el cielo, el lector los conoce. Son casi innumerables, pero algunos preocupan más que otros: inflación, tarifazos y una devaluación del peso que carcome todos los salarios.

Hace ya meses que esa tormenta, que recién advierte el Gobierno, descarga su furia sobre el ciudadano de a pie. Fueron los mercados los que, con información facilitada por el Banco Central, se anticiparon a la amenaza y, ante los peligros del país inestable, se fugaron con sus dólares, eterno refugio y amenaza de los argentinos. Así, solo entre abril y mayo, se fueron US$10.000 millones. El dólar estalló, subió, sigue subiendo y con él sube todo: desde la nafta hasta la carne que compramos en el barrio. 

Argentina, otra vez, desnudaba sus debilidades ante el espejo de la realidad. Sin una moneda fuerte y una crisis financiera y de credibilidad, la demanda por el dólar se volvió incesante. El Gobierno no tenía, como no tiene ahora, plan económico capaz de reactivar la rueda del empleo y la producción generadora de divisas. Nada, ni la suba exponencial en las tasas de interés -tentadoras para el mercado, recesivas para la producción- pudo detener la demanda por el dólar. La crisis, espesa, flotaba en el aire, pero el Gobierno continuó alentando la fuga y nos endeudó hasta el límite para cerrar la caja de Pandora que él mismo había abierto. 

Pero el mundo temió los males y el grifo del préstamo externo se cerró. Era la oportunidad para activar el postergado plan estratégico y en cambio se tocó la puerta que nunca se debería haber tocado: la del FMI, con su préstamo, sus condiciones, la imposición de achicar el déficit frenando la obra pública y el empleo, ajustando a las actividades productivas, a trabajadores y jubilados, subiendo más las tarifas, bajando la inflación con la receta de la recesión, la miseria de los que ya no podrán consumir, y la apuesta a un país con ricos más ricos, una clase media empobrecida y pobres más pobres. 

Entonces, llegaron los primeros US$15.000 millones del FMI y, otra vez, el Gobierno aventuró que lo peor había pasado, que con ese dinero la “turbulencia” cambiaria estaba superada, que podíamos dormir tranquilos. Hasta que el dólar, de nuevo, ahora, se disparó hasta llegar casi a los $30. Y un día el Banco Central salió a vender US$100 millones, otro día US$150 millones, al otro US$300 millones. Y ayer subió en otro 3% los encajes bancarios para los depósitos en pesos, una medida que le permite a las entidades financieras aumentar la porción de dinero de sus depositantes inmovilizada. Y hoy, se sumará la posibilidad de canjear Lebacs en pesos por Letras del Tesoro pero en dólares, una alternativa que asume la debilidad de la moneda argentina frente al dólar y que busca que quienes tienen pensado escapar del peso puedan hacerlo sin presionar sobre el mercado cambiario. Cómo hará el Gobierno para pagar esos vencimientos dentro de seis meses, sin la posibilidad de recurrir al financiamiento externo y con un rojo en todas sus cuentas, es la última pregunta sin respuesta.. 

En el horizonte, la tormenta sigue. El Ejecutivo, con un parecido K que abruma, la adjudica a “factores externos” y el Presidente insiste en que el camino es el “correcto”. Aunque por este rumbo, la Argentina naufrague en sus males, con un Gobierno ciego que nos atrapa en su telaraña y nos vuelve, cada día, un poco más pobres.