CULTURA

Ambrose Bierce entre la literatura y la guerra

Participó en la Guerra Civil estadounidense y fue testigo directo de la Revolución mexicana, lo cual nutrió buena parte de su literatura, considerada de excelencia.

Interés General

11/03/2022 - 00:00hs

Ambrose Bierce vivió de tal manera que fue como si a la realidad le brotara todos los días una hermana melliza. Nació el 24 de junio de 1842 en el humilde poblado de Meigs County, Ohio, hijo de Marcus Aurelius y Laura Sherwood, fervorosos granjeros calvinistas. Sin saber cómo escapar del mal trance de aquella vida campestre, concibió una solución que se parecía mucho al suicidio: escribir. Al punto de que nombrar a Bierce devino en la evocación de la memoria ilustre de Edgar Allan Poe, pues no solo ambos cultivaron asiduamente el horror en la literatura, sino que padecieron el desprecio o la incomprensión de sus contemporáneos.

A comienzos de la Guerra Civil norteamericana, Bierce ingresó como tambor en el Ejército nordista y después de ser herido en la batalla de Kennesaw Mountain lo promovieron al grado de lugarteniente. Cuando finalizó la guerra se mudó a San Francisco, donde tuvo que ganarse la vida ejerciendo el oficio de periodista. En el momento en que las confusas esperanzas con que había salido de su vida anterior parecían disiparse, se ganó la admiración del magnate William Randolph Hearst. Poco tiempo después, pasaría un tiempo en Londres, donde obtuvo el apodo de “Bierce el Amargo” por sus acerbas crónicas.

“Y con todo, Ambrose Bierce es casi un desconocido, no solo en el extranjero, sino también en su propio país”, escribió alguna vez Rodolfo Walsh. “Las antologías transmiten dos o tres de sus cuentos, los críticos de mala gana le reconocen talento, estilo brillante, invención feliz, pero su obra solo se lee en reducidos círculos”. Según el novelista inglés Arnold Bennet, Bierce es uno de los ejemplos más sorprendentes de lo que él llama “celebridades subterráneas”.

En 1877 regresó a San Francisco, donde continuó su colaboración periodística con el Argonaut, y comenzó a escribir una columna semanal para el Sunday Examiner, cuyo ­propietario era su viejo amigo Hearst. Lo cierto es que Bierce no se preocupó por hacerse querer por sus contemporáneos, ni tampoco por la posteridad. No obstante, su anatema contra la ciudad de San Francisco merece un lugar consagrado en la historia de la invectiva.

A comienzos de 1986, el director argentino Luis Puenzo afrontó el mayor desafío de su carrera hasta ese momento: traducir al lenguaje cinematográfico una novela del mexicano Carlos Fuentes. No era cualquier novela, sino la que retomaba el rastro de Ambrose Bierce, quien desapareció cuando iba al encuentro del ejército de Pancho Villa durante la Revolución mexicana. La película fue considerada, por su costo de producción, como la más cara en la historia de Columbia Pictures. El propio Carlos Fuentes visitó en reiteradas oportunidades a Puenzo durante el rodaje. La película respetó fielmente la novela –la adaptación estuvo a cargo de Aída Bortnik–, aunque Puenzo luego afirmará: “Nosotros hemos precisado más algunos datos históricos que Fuentes modificó en el libro, como por ejemplo la toma de Veracruz por parte de los norteamericanos”.

Jane Fonda es en la película Harriet Winslow, una inglesa contratada por un hacendado como institutriz de sus hijos y abandonada luego a su suerte cuando la familia huye del país. La trama está centrada en el encuentro de tres personajes: Winslow, el general villista que interpreta Jimmy Smits y el Gringo Viejo, protagonista que le da nombre al filme, interpretado por el mítico Gregory Peck, quien, según posteriores reseñas de los periódicos, “se plantaba frente a la cámara como un tótem, dispuesto a dar batalla por unos ideales que no eran solamente los del personaje, sino también los suyos”.

Un gringo en México

Ambrose Bierce dedicó sus mejores años a escribir cuentos de misterio, de terror y otros simplemente truculentos. En algunos de sus relatos, afirma Rodolfo Walsh, “alcanza la difícil perfección del género”.

En 1913, a los 71 años, ya incapaz de escribir como quería, Bierce desaparece misteriosamente en México. Las últimas palabras que de él se recuerdan son: “¡Ah, ser un gringo en México! ¡Eso sí que es eutanasia!”.

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