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El Chúcaro: el hombre que hizo de su vida un zapateo

Santiago Ayala fue el bailarín folclórico más conocido de todos los tiempos. Pocos saben de sus duros comienzos y de la manera en que llegó a la fama.

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16/04/2023 - 00:00hs

Por entonces, San Vicente era un caserío con algunos pocos negocios y una cancha de fútbol. Así era el barrio de Córdoba, donde el 16 de octubre de 1918 nació Santiago Ayala. Vivían en una casa prestada, un rancho con galería sostenida por troncos de algarrobo. El techo, de paja y terrón. Dos habitaciones, un horno donde se hacía pan y empanadas. Una quinta grande en la que de niño aprendió a sembrar maíz y a arar, y en la que cosechaban melones y sandías. Su padre tocaba un poco la guitarra y cantaba; su madre era pianista y, con unas amigas, había formado una orquesta que tocaba valsesitos criollos.

En 1925 apareció por la casa un hombre de chiripá, espuelas, botas y sombrero: Don Alberto Funes. Era un paisano cantor, un artista para tirar la taba, gran amigo de las riñas de gallo y con una habilidad que solo despuntaba cuando estaba con algún niño: dibujaba. Le enseño a Santiago a dibujar rostros, aprendizaje que no olvidó de grande y que le ayudó, en años difíciles, a sobrevivir como caricaturista.

Antes de empezar la escuela, Santiago ya trabajaba. Vendía empanadas de carne, con pasas y huevo duro. Las hacían en un horno calentado a leña y templado después con duraznillo. Demasiado sensible para ser buen vendedor: muchas veces regresaba solo con veinte o treinta centavos, porque terminaba regalando las empanadas a los chicos más pobres que él. Salía con tres docenas y volvía con veinte o treinta centavos. Siempre andaba con los bolsillos llenos de bolitas ganadas cada tarde. Era un experto en el golpe seco dado con el dedo medio, apoyado en el pulgar, y soltado después con violencia.

Para ir a la escuela un amigo lo pasaba a buscar a caballo. Se subía en las ancas de aquel zaino sufrido y matungo. La escuela quedaba a veinticinco cuadras de su casa. Dejaban el caballo atado a un árbol. Cuando llovía, se formaban barriales, había que echarse los zapatos al hombro y seguir. Todo eso fue sedimentando en su alma, nunca se convirtió en olvido.

Tenía 16 años cuando su vida cambió de rumbo. Un conjunto criollo actuó en el Parque Sarmiento. Él vio el espectáculo subido a un aguaribay. No tenía para pagar la entrada. Se embelesó viendo a esos zapateadores santiagueños. Ahí se le terminó la paz. Averiguó la dirección del director del ballet y fue a pedirle que le diera clases. Dejó la escuela y empezaron las lecciones de baile. Aprendió a bailar con el cuerpo rígido, el maestro le acercaba a los riñones una caña terminada en un clavo que lo corregía cuando se torcía indebidamente. Así se acostumbró a bailar derecho. Bailaba de alpargata, nomás, porque no tenía plata para comprar botas. Así empezó a malambear. Zapateaba hasta en medio de la calle, al ir a hacer los mandados. Y siguió zapateando durante toda la su vida.

En 1934, una chica le propuso hacer pareja para bailar, se llamaba Irma Rolón. La primera función fue en el teatro del Jardín Zoológico de Córdoba. Bailaban gato y malambo. Trabajaban todos los sábados y domingos. Alguien los vio y los llevó de gira por Córdoba. Su madre le puso una almohada en el bolso creyendo que iba a dormir en el campo. Un empresario les consiguió una actuación en Rosario. Le dio los nombres de los dos, pero el hombre perdió el papel. Cuando llegó a actuar vio el anuncio: “Hoy, el Chúcaro”. Preguntó quién era “El Chúcaro”. Ahí se enteró de que era él. Fue tal el éxito, que actuó durante tres meses en ese teatro.

Llegó a Buenos Aires a finales de 1937. No tenía ni siquiera una promesa de ocupación. Le dieron trabajo en una confitería, pero querían que bailara solo. Jorge Negrete lo fue a ver un día y lo sumó a su compañía para una gira por toda Latinoamérica, Europa y norte de Africa. Luego, con su ballet folclórico recorrería el resto del mundo. “Que no le duran mujeres, las gasta en el baile hasta hacerlas morir”, escribió Horacio Guarany en una zamba dedicada a este hombre alto, huesudo, de rostro moreno y grandes ojos rasgados. Sabemos que gastó su vida bailando. Para que no dejara nunca de ser vida.

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