Cultura

La caza de brujas a lo largo de la historia

La llamada Santa Inquisición fue la institución católica que se arrogó el derecho de determinar a quién debía considerarse incurso en brujería y qué castigo debía imponerse

Interés General

10/11/2022 - 00:00hs

Son innumerables los expedientes que se fueron acumulando en los archivos de la Inquisición relacionados con la brujería. En la Edad Media se instaló en el imaginario colectivo que debía castigarse severamente todos los comportamientos que, según los integrantes del máximo tribunal de la Iglesia católica, afrentaban principios básicos de esa religión.

En México se conservan 11 cajas con 164 expedientes, en la Casa Morelos, dentro del Fondo Diocesano Sección Justicia, de una serie llamada “Inquisición”. Estos expedientes tratan sobre casos que tuvieron lugar en el obispado de Michoacán, el cual se fundó en 1536. En esa sola región del país se contabiliza por lo menos un centenar de aborígenes condenados a la hoguera por incurrir en prácticas atávicas de esas poblaciones, como el consumo de peyote u otras variedades vegetales que utilizaban para ensanchar su percepción de la realidad o curar enfermedades.

La Inquisición, tanto en España como en América, tenía un poder que se situaba más arriba que el de los reyes. Sus procesos muchas veces tenían un carácter secreto, y la tortura era una práctica a la que recurrían con frecuencia. El primero de los procesos inquisitoriales españoles tuvo lugar en Sevilla, el 6 de febrero de 1481. Los acusados de brujería integraron el grueso de los condenados en esos procesos. Solamente en el siglo XVII, en Inglaterra, más de cincuenta mil personas fueron condenadas a la hoguera acusadas de querer ejercer un poder sobrenatural.

Las denuncias de brujería eran recibidas en la sede del Santo Oficio. Los teólogos que conformaban el tribunal estudiaban los casos y, si consideraban que había apariencias de “delito”, los culpables eran arrestados de inmediato y encerrados en las cárceles de la propia Inquisición. Los acusados no tenían derecho a ser asistidos por un abogado. La excusa para tal violación de los derechos humanos era proteger la espiritualidad de los letrados. Los acusados eran interrogados en sus celdas, y si no confesaban de inmediato, eran sometidos a todo tipo de torturas.

Las más comunes eran el suplicio del agua y el del fuego. El primero consistía en introducir en la garganta del acusado un género fino mojado, uno de cuyos extremos le cubría la nariz, y luego le echaban lentamente agua con el fin de ­impedirle respirar. Muchas veces retiraban el trapo empapado de sangre por lesiones internas producidas por la desesperación de seguir respirando. En el suplicio del fuego, el verdugo frotaba los pies de la víctima con aceite y grasa, y se lo ponía delante del fuego, de modo que los pies se agrietaran por la penetración del calor.

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