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La geografía del infierno

Se ha especulado, a lo largo de la historia, sobre las características físicas del lugar que espera a las almas castigadas en el más allá. Dante Alighieri y Galileo Galilei dieron algunas precisiones.

Interés General

16/06/2023 - 00:00hs

El filósofo Friedrich Schelling escribió algúna vez que lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado. La geografía del infierno dantesco es tan detallada –con sus torres, fosas, muros y el catálogo de tormentos para los réprobos– que varios eruditos del Renacimiento intentaron abordar la información proporcionada en el poema para determinar las medidas exactas del recinto de los malditos de la Divina Comedia. Entre ellos estuvo Antonio Manneti, miembro de la Academia Platónica de Florencia y ferviente lector de Dante. Utilizando sus contactos políticos, convenció a Lorenzo de Médici de que participara en la repatriación de los restos del poeta a Florencia. No obstante, en el terreno literario, como también ocurrió en el científico, cada argumento original parecía suscitar su contrario.

Oponiéndose a Manetti, el escritor Alessandro Vellutello decidió publicar una nueva geografía del infierno dantesco, donde se burlaba del punto de vista “florentino” de Manetti y defendía consideraciones más universales. Según Vellutello, las mediciones del Infierno de Landino eran defectuosas y el florentino Manetti, que había basado sus propios cálculos apoyándose en los de sus predecesores, no era más que “un ciego pidiéndole a un tuerto que lo guíe”.

En 1587, para contrarrestar lo que percibía como una humillación, la Academia decidió invitar a un joven científico para que refutara los argumentos de Vellutello. En ese momento, Galileo Galilei era un matemático sin título, de veinte años de edad, que se había hecho conocido en los círculos intelectuales con sus estudios de los movimientos del péndulo y su invención de la balanza hidrostática. Galileo aceptó de inmediato. El título completo de sus conferencias se llamó: Dos lecciones ante la Academia de Florencia respecto de la forma, ubicación y tamaño del infierno.

En la primera lección, Galileo retoma la descripción de Manetti y añade sus propios cálculos, con cultas referencias a Arquímedes y Euclides. Para determinar la altura de Lucifer, por ejemplo, utiliza como punto de partida la declaración de Dante de que el rostro de Nemrod era tan largo como la piña de San Pedro en Roma (que en la época de Dante se encontraba delante de la iglesia y medía dos metros y medio). Tomando como base la tabla de Alberto Durero para medir el cuerpo humano, Galileo concluyó que la altura total de Nemrod era de seiscientos cuarenta y cinco brazos (1.179,58 metros). A partir de esa cifra calculó la extensión del brazo de Lucifer, lo que a su vez le permitió, utilizando la regla de tres, determinar su altura. La imaginación poética, para Galileo, obedecía las leyes de la matemática universal. En la segunda lección, Galileo se encarga de refutar las afirmaciones de Vellutello.

El escritor argentino Alberto Manguel resalta que lo sorprendente de ambas lecciones, para quienes las leen con la distancia de los siglos, es que Galileo acepta el modelo geocéntrico del universo que propugnaba Ptolome, tal vez porque el objeto de negar a Vellutello y ponerse del lado de Manetti le resultó más conveniente considerar un hecho indiscutible la visión que tenía Dante del universo.

Tiempo atrás, los descubrimientos de Nicolás Copérnico desplazaron la visión egocéntrica de nuestro mundo hacia un rincón que desde entonces se desplaza hacia márgenes más alejados del universo. La comprensión de que los seres humanos son aleatorios, mínimos, no nos llevaría a albergar grandes ambiciones. La imaginación, sin embargo, es lo que nos permite siempre otra esperanza, más allá de lo que se ha roto o cumplido, otra frontera que parece inalcanzable y a la que finalmente se llega, solo para fijarse en otra que está aún más lejos. En ese sentido, para Hegel, lo único que importaba era el entendimiento (o la ilusión del entendimiento) del flujo entero de los acontecimientos como un todo, como si el gusano de la conciencia socavara y –al mismo tiempo– pusiera a prueba nuestra existencia.

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