CULTURA
Las verdades de un cantor
Alfredo Zitarrosa nació en Uruguay, pero su personalísima manera de cantar y componer expresó los sentires más profundos de todos los rioplatenses.
Fue el más sólido y afamado cantante popular que haya dado el Uruguay. Se inició como cantor profesional en Perú, en 1963, cuando a instancias de un amigo suyo se presentó en un programa televisivo de la ciudad de Lima. Durante su viaje de regreso a Uruguay cantó en un programa radial de la ciudad de La Paz, Bolivia. Hasta entonces se había desempeñado como periodista y locutor radial, trabajando en varias emisoras de Montevideo. Más tarde se convertiría en un brillante cronista del célebre semanario Marcha.
Nacido el 10 de marzo de 1936, anduvo por todas partes pero siempre soñaba con el regreso. Aunque siempre vestía severamente lo aburrían los formalismo. Nunca era tan él mismo, como cuando cantaba. Dotado de una bella voz grave que modulaba aproximándose a los límites del decidor, cantaba de un modo personalísimo. Obras propias y ajenas conformaron su repertorio (muchas de ellas grabadas en nuestro país), que respira rigor intelectual y verdad popular.
Antes había vendido muebles, había realizado suscripciones para sociedades médicas, había sido locutor, actor, animador de televisión, periodista y poeta. Lo cierto es que vio pasar a toda América Latina bajo sus pies. Durante muchos años, especialmente desde su exilio en febrero de 1976, mantuvo un nivel de alcohol en la sangre, pero curiosamente nunca llegaba a la borrachera. “Tomaba regularmente, desde que me levantaba hasta que volvía a dormirme, reenganchándome a la mañana siguiente”, le confesó alguna vez al periodista Carlos Ulanovsky.
Según Zitarrosa, el uruguayo tiene carácter de provinciano. Él era montevideano, pero criado en el campo. Cuando ya estaba prohibido en su país, un perro le salvó la vida avisándole que algo raro pasaba: un allanamiento en su casa de Las Toscas. Así escapó por primera vez de la muerte. Durante su exilio, primero se fue a Argentina, después a España y finalmente se instaló en México. Su participación política lo acercó al Frente Amplio de la Izquierda uruguaya y militó en el Partido Comunista hasta su muerte. Como cantor fue un activo participante en actos políticos de estas organizaciones, lo que le valió el ostracismo y, finalmente, el exilio durante los años de la dictadura. Sus canciones estuvieron prohibidas en Argentina, Chile y Uruguay.
Lo peor de la nostalgia, decía Zitarrosa, es que lo demora a uno, lo aquieta, le hace perder el tiempo: “Es casi una droga porque también a la nostalgia uno se aficiona. Como indudablemente se encuentra cierto regocijo en esa evocación perpetua, uno se sienta a descansar en la poltrona de la nostalgia”. Asimismo, en cuanto a la tristeza de los rioplatenses, aseguraba: “A lo mejor se debe a nuestros atardeceres: creo que nuestro carácter tiene que ver con esa forma de ser turbulenta y nostálgica de río que no canta, de río que pudo ser, del mar que no somos”.
En el Adagio a mi país-una de sus canciones más emblemáticas- cantaba “En mi país, qué tristeza, la pobreza, el rencor”. Y lo que más le resentía a Zitarrosa era el rencor más que la pobreza, porque consideraba que había una estética de la pobreza que nuestro pueblo desarrolló día a día: “Una casa pobre es bella si quien la habita tiene sensibilidad de lo bello y nuestro pueblo la tiene y la ejerce”.
El canto de Zitarrosa (1965); Simple (1966); Del amor herido (1967); Coplas del canto (1970); Recordándote (1976) fueron algunos de los discos que hicieron del músico una de las grandes voces del canto popular latinoamericano. A causa de una peritonitis, Zitarrosa falleció a los 52 años, el 17 de enero de 1989.
