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Los insólitos preparativos del primer viaje a la luna
El primer alunizaje hecho por el hombre fue el 20 de julio de 1969, en la misión Apolo 11, que tuvo entretelones muy poco conocidos.
Trescientos mil técnicos distribuidos en trece centros espaciales norteamericanos, trabajaron obsesivamente en cada uno de los detalles. A 500 kilómetros de Texas, en un gigantesco edificio de vidrio y acero de cincuenta pisos –dos veces y medio más grande que el Empire State Building, de Nueva York- se repasaban cada una de las seis millones de piezas que componían el cohete Apolo. El doctor Charles Berry fue el encargado de hacer el examen médico a cada uno de los astronautas. El operativo total se presupuestó en seis mil millones de dólares. Nada podía quedar librado al azar, se trataba de una de las mayores aventuras humanas: pisar por primera vez la superficie lunar. Una fantasía que cien años antes había imaginado Julio Verne en su novela “De la Tierra a la Luna”.
Cabo Kennedy generó a su alrededor una ciudad para albergar a los empleados de la NASA. Houston es una zona rica del país que, en aquella época producía el 7% del petróleo de los Estados Unidos, además de poseer históricamente uno de los mayores algodonales y casi un tercio de la riqueza arrocera. Por las noches, las luces de las refinerías remedan los rascacielos de Nueva York, a través de centenares de kilómetros. La quinta parte de la población es negra y en un gran porcentaje está habitado por mexicanos. Son pocos los que recuerdan la batalla de San Jacinto, en la que el 21 de abril de 1836, México perdió ese territorio que les pertenecía desde la época de la dominación española.
Cincuenta empresas fueron contratadas por la NASA para llevar adelante el proyecto Apolo, entre las cuales, sobresalían la North American Rockwell Corporation –encargada de construir los módulos de comando- y la Grunman –dedicada a fabricar los módulos lunares-. Se creó el Plan de Aplicación del Proyecto Apolo, un programa que parecía nacido de las fantasías más extremas de un escritor de ciencia ficción, destinado a idear universidades que se instalarían en la luna y ómnibus interplanetarios. En un laboratorio de la base, grupos de microbiólogos estudiaban la mejor manera de sobrevivir en otro planeta.
Todos los días, la tripulación de la nave ingresaba a una cámara donde simulaba las intricadas maniobras que demandaría el alunizaje y la ingravidez que se sentiría al entrar en órbita. El lunes 12 de mayo de 1969, los tres astronautas ingresaron al Centrífugo, que era una enorme esfera de acero que giraban describiendo amplios círculos y que rotaba sobre sí misma a gran velocidad, provocando en los astronautas una presión equivalente a la que experimentarían fuera de la órbita terrestre.
Asimismo, los astronautas debieron superar una prueba de supervivencia en una jungla centroamericana, un test de siete días que formó parte del entrenamiento. Complementariamente, durante una semana fueron forzados a vagar por un desierto de Nevada. El objetivo: adaptarlos a los entornos más diversos. En un transporte militar T 138, simularon flotar entre acolchados –para habituarse a la situación de ingravidez- y a comer boca abajo, pegados al techo, rodeados de objetos suspendidos en el aire, mientras se ve por la ventana del simulador la silueta de la Tierra, flotando sola y azul en el vacío.
Para integrar el equipo de astronautas se presentaron poco más de quinientos postulantes, de los que solo preseleccionaron siete. Los elegidos debían ser menores de 40 años, medir cerca de 1.80 metros, haberse licenciado en ingeniería, superar los test psicológicos, haber sido declarados aptos en sus condiciones físicas y haberse graduado en la escuela de pilotos experimentales.
Los elegidos demostraron ser expertos en los centenares de sistemas y subsistemas que rigen el instrumental de una nave espacial y tener imaginación para enfrentar con celeridad todo tipo de inconvenientes inesperados. Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, demostraron, también, una particular aptitud para quedar en la historia del siglo veinte.
