cultura
Un chileno de muchas patrias
Lautaro Murúa nació del otro lado de la cordillera, lo que no impidió que lo consideremos un actor profundamente nuestro.
La bronca que se llevó en su forzada partida le hizo prometerse no volver hasta que la situación del país no cambiara. Pero volvió y no precisamente porque se hubiera producido ese cambio. Cuando vio que su país tocaba fondo, creyó necesario estar y poner el hombro en la recuperación (entonces estrenó su obra La mala sangre). Chileno de muchas patrias y muchos amores, Murúa se convirtió en uno de los tantos talentos dispersos por el mundo. Por su labor como director de cine, ocupa un lugar de suma importancia en la cultura del fin de siglo pasado. Trabajó con todos los imaginables: Leopoldo Torre Nilson, Graciela Borges, Leonardo Favio, Alfredo Alcón y Griselda Gambaro, entre otros nombres de un listado imposible.
Se afirma que las mujeres lo trajeron de vuelta a nuestro país. Si primera obra -antes mencionada- fue hecha por Gambaro, dirigida por Laura Yusem y tuvo como co-protagonista a Soledad Sylveyra. A propósito de aquel anhelado regreso, el propio Murúa confesó: “Afortunadamente, hay consenso público para mí, como me lo han demostrado la gente, los amigos que se alegran por mi vuelta y por lo que voy a hacer. Y esto, tan natural en Argentina, no lo es, en cambio, en ningún otro país del mundo”. Por entonces, nuestro país estaba saliendo de la última gran tragedia política que se había vivido con la dictadura. En ese sentido, Murúa recordaba: “Eso de ahogar la voz de aquel que no estuviera de acuerdo con el gobierno, instituido por otra parte a la fuerza, en base a argucias directamente injustificables, para la gente que verdaderamente ama este país”.
Lautaro Murúa había nacido a fin de diciembre del año 1926 en la ciudad de Tacna, norte de Chile, que estaba en litigio con Perú. Por un tratado internacional de 1929, en lo que se llamó una “solución salomónica”, Tacna dejó de ser territorio chileno. Así fue como los Murúa debieron dejar la ciudad. En perspectiva, sería el primer exilio del gran director y actor. Su padre era ingeniero y amante de la música, como su esposa. Ya radicado en Santiago, estudió arquitectura, pero aquello no era exactamente lo suyo. De hecho, cruzó la Cordillera y debutó en una obra de teatro en la que otra joven promesa daba sus primeros pasos: un tal Alfredo Alcón.
Cuando llegó a Argentina, ya había actuado en algunas películas y se había hecho íntimo de George Riviere, un actor francés que pasó por Chile y Argentina, y él le posibilitó que un productor se fijara en él. Llegó en un momento opresivo del país, de control del estado, pero se produjo a partir de 1955 un gran reventón: “Todos querían hacer cosas, mirar al exterior, y entré a participar”.
Murúa se había marchado de nuestro país con una profunda indignación: “Aunque parezca un fanfarrón, nunca llegué a sentir miedo; pero sí bronca, rabia por el carácter abusivo de la represión y la falta de respeto a la gente. Esa indignación me alimentó hasta cierto punto y el derecho a esa indignación es algo a lo que no se debe renunciar, ya que cuando todo nos parece bien y aceptamos todo, es que hemos perdido la fuerza, el interés a la vida y la dignidad”. Por entonces, se exilió con intención de radicarse en Perú, donde estuvo dos meses e hizo contactos con amigos para hacer cine y teatro, hasta que lo llamaron de España, porque hacía más de un año se estaba proyectando “La Raulito”, con un éxito muy grande.
Una vez instalado en Madrid, Murúa intentó formar un clan de actores argentinos allí, pero desgraciadamente las actitudes emocionales con respecto al cuadro político , impidieron que se formara un auténtico conjunto. Como director de cine, sus filmes más relevantes fueron Shunko (1960) y Alias Gardelito (1962) —que lo ubican dentro de la Generación del 60—, Un guapo del 900 (1971) y Cuarteles de invierno (1984), entre otras. En su última aparición interpretó al torero Juan Belmonte en la película Belmonte.
