El Gobierno endurece controles migratorios

El Ejecutivo oficializó un programa que habilita a las fuerzas federales a perseguir y deportar extranjeros que estén bajo sospecha.

El Gobierno nacional oficializó el Programa de Seguridad Migratoria, una iniciativa que otorga carta blanca a las fuerzas federales para vigilar, detener y deportar a extranjeros sospechados de no tener la documentación en regla. La medida, inspirada en el ICE estadounidense, fue presentada como un paso decisivo en la reforma migratoria impulsada por Javier Milei y firmada por la ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva.

La resolución publicada en el Boletín Oficial sostiene que la región atraviesa un escenario complejo y advierte sobre movimientos migratorios irregulares que, según el texto, pueden estar vinculados a organizaciones criminales. Bajo ese argumento, el Ejecutivo definió la situación como una amenaza a la seguridad nacional.

Unidades de control

El plan contempla la creación de Unidades de Seguridad Migratoria dentro de la Policía Federal, Gendarmería, Prefectura y la Policía de Seguridad Aeroportuaria. Estas unidades trabajarán como auxiliares de la Dirección Nacional de Migraciones y tendrán a su cargo tareas de prevención, detección, inteligencia e investigación de ilícitos migratorios. También se prevé la capacitación de inspectores y analistas en pasos fronterizos, la modernización de equipamiento y la ampliación de la cooperación internacional.

Cabe recordar que Monteoliva había anticipado su intención de alinearse con las políticas de Donald Trump. Con esta resolución, ese objetivo se convierte en política oficial y se extiende a todo el país.

Críticas y giro punitivo

La decisión de institucionalizar la persecución contra extranjeros generó rechazo en distintos sectores. La Iglesia Católica argentina, durante el Tedeum del 25 de Mayo, advirtió que los operativos parecían responder más a una estrategia de comunicación política, que a la acción de un Estado garante de derechos. Los obispos señalaron que la incertidumbre en los procesos de regularización y el cambio de categorías generan un temor constante a la expulsión y obstaculizan el acceso a derechos básicos como salud, educación y trabajo digno.

El Gobierno desoyó esas críticas y en su resolución exhibió argumentos que responsabilizan a los extranjeros de los problemas nacionales. Entre las justificaciones, se menciona la existencia de movimientos migratorios irregulares que supuestamente se infiltran en el país y constituyen una amenaza para la seguridad. Con esa narrativa, la administración libertaria busca instalar la idea de que el control migratorio es sinónimo de orden y seguridad, aunque en la práctica se traduce en un endurecimiento de las políticas de exclusión.

La puesta en marcha del programa marca un giro de alto impacto en la política migratoria argentina. El oficialismo apuesta a recuperar iniciativa con un discurso de mano dura que, lejos de resolver los problemas estructurales, profundiza la vulnerabilidad de quienes llegan al país. El acercamiento hacia un modelo ICE expone la decisión de Milei de blindar su relato con medidas que colocan a la Argentina en el centro de un debate regional sobre derechos humanos y seguridad.

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