Cultura

Buster Keaton, el héroe de un mundo absurdo

El actor norteamericano, que fue un genio del cine mudo, inventó un humor que influyó poderosamente en Charles Chaplin, de quien fue muy amigo

Interés General

24/11/2022 - 00:00hs

Joseph Frank Keaton al poco tiempo de nacer ya estaba sobre los escenarios. Era un niño de ojos saltones, hijo de artistas de music hall. Era un bebé cuando sus padres le colocaron un arnés con una manija para lanzarlo como una maleta. “Aprieta el culo”, le decía su padre antes de hacerlo volar sobre el escenario como un paquete. Lo que les valió, en varios estados, denuncias por maltrato infantil. Al presenciar una de sus caídas, Harry Houdini, el célebre mago y escapista, que era amigo de la familia, exclamó: “¡Qué golpazo se ha dado la criatura!”. Y “golpazo”, buster en inglés, fue su nombre a partir de entonces.

Fue entonces que descubrió que los accidentes provocaban risas. Buscó la manera más ingeniosa de producirlos, pero siempre teniéndose a sí mismo como víctima, y logró que su esqueleto pareciera hecho de goma. Siempre salía indemne. No era raro que sufriera accidentes alguien que tuviera pasión por los inventos. Alguna vez soñó con ser ingeniero, pero el teatro solo le daba tiempo para las invenciones mecánicas caseras.

En sus películas el mundo es siempre un lugar peligroso, donde todas las tragedias pueden estallar en un instante: tornados que surgen de la nada, abismos que se abren a pocos pasos o casas que se autodestruyen en segundos.

En la década del 30, Hollywood descubrió en él un personaje con un gran potencial de rentabilidad, y lo tuvo como protagonista de películas comerciales que no tenían la magia inicial de este héroe anómalo. Se dio cuenta tarde de que la Metro Goldwyn Mayer se lo había tragado entero, y fue entonces que rodó un corto en el que una casa se desploma sobre él, literalmente, minutos después de saber que la Metro se había quedado con todos sus derechos. Algunos compañeros de entonces lo recuerdan, entre toma y toma de aquellas películas que nada tenían que ver con él, irse a un rincón para llorar. Comenzó a aficionarse en exceso al alcohol. Llegaba tarde a las filmaciones y muchas veces ni siquiera iba. Fue cayendo en desgracia. Empezó a cobrar mucho menos, y tuvo que vender por deudas la casa que se había comprado en una villa de estilo italiano en Beverly Hills. Como dijo la escritora española Patricia Erlés, “lo convirtieron en una hamburguesa cómica y destruyeron, título a título, todo lo que él había ido creando en la década anterior”.

Quentin Tarantino decía que a Buster Keaton le bastaban los ojos para expresar todo aquello que sentía su personaje, “que cada dos por tres salía catapultado, se hundía en el río, o era perseguido por una avalancha de piedras. Pero nadie ni nada podía con él, en el sentido cinematográfico y en la pura realidad”.

En la última película que protagonizó, Guerra a la italiana, tenía más de 70 años, ya había perdido el poder de su elasticidad, se rompió unas cuantas costillas, casi se ahogó en una escena y por poco sufre una fractura de cuello. Su visión del cine era la siguiente: “Lo importante es tener el principio y el final, lo de en medio ya se verá”. Un plan que solo puede dar buenos resultados si el que lo lleva adelante es alguien del talento de Buster Keaton.

En 1951, Charles Chaplin lo convocó para su película Candilejas. Fue la primera y única vez que trabajaron juntos. Cuando todos esperaban un duelo de titanes del ego, encontraron una maravillosa partida de generosidad y talento, de reconocimiento y cariño. El 1° de febrero de 1966, Buster ­Keaton estaba jugando al bridge. Acostumbraba a jugar de pie, sin mover un músculo del rostro lanzaba las cartas sobre la mesa. Luego de uno de esos lances, se dejó caer en una silla. Ya estaba muerto.

El tiempo pasó en limpio su legado y lo coronó como uno de los reyes del cine mudo, capaz de inventar en un minuto una historia delirante y tierna. Le rindieron homenaje en los principales festivales de cine del mundo, le dieron un Óscar honorífico, y Peter Bogdanovich le dedicó un documental. El recuerdo que guardamos de Buster Keaton es el de alguien capaz de resistir a todos los temporales, que cuando ya ha pasado lo peor se limpia con una mano la solapa del saco y da un paso al frente, dejando atrás la tragedia. El recuerdo de alguien que siempre siguió adelante.

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