CULTURA
Edmundo Rivero, el ídolo de los presos
Manejaba como pocos el lunfardo, ese dialecto acuñado en las cárceles y muchas de sus palabras fueron incorporadas a nuestra habla cotidiana.
Un día cayó en sus manos La Ilíada, de Homero; la leyó de un tirón, como se lee una novela de aventuras, y le gustó tanto que decidí trasladar algunos de sus pasajes a las sextinas criollas. Cuando le puso una música de milonga pampeana y se la cantó a la barra de la esquina sentado en el cordón de la vereda, su Homero se parecía terriblemente a José Hernández. Fue el único público que tuvo para esa obra, pero desde entonces quedó demostrado que Edmundo Rivero era un tanguero con inquietudes distintas a todos.
No fue el único intento de vérselas con los clásicos de la literatura universal. Muchos años después cantaría la Milonga de Don Quijote en la que evoca a aquel “caballero flaco, lungo y singular”, “rayao pero sin malicia” que salió “a chucear molinos”.
Edmundo Leonel Rivero nació en Avellaneda el 8 de junio de 1915, hijo de un jefe ferroviario. A los pocos meses de nacido se fueron a vivir a una localidad de Chivilcoy, Moquehuá y regresaron a Buenos Aires cuando cumplió seis años. Un tío materno, Angel Duró, fue el que lo puso en contacto con la literatura, sobre todo, Almafuerte, Leopoldo Lugones y Edgar Allan Poe.
Debutó como cantor telefónicamente: “A veces nos entreteníamos con un amigo de Belgrano, en llamar por teléfono, a un número elegido al azar, y si respondía una mujer, le dábamos una serenata”. Una tarde, después de la canción, una voz de hombre le propuso a Rivero cantar en su conjunto, era Julio De Caro: “En lugar de levantarme una mina levanté una orquesta”
Cuando alargó suss pantalones ya era un consumado guitarrista y comenzaba a hacer mis incursiones por las incipientes radios de entonces. La paga que recibía era órdenes para retirar mercaderías en los comercios de los contados avisadores y, en una oportunidad, un paquete de cuerdas para su guitarra.
En los comienzos de la década del 30, Edmundo Rivero formó un dúo con su hermana Eva y otro con su hermano Aníbal. Con el primero de los dúos hacía música popular en los micrófonos de Radio Cultura; con el segundo, interpretaban en guitarra música culta, “sobre todo española”, a la hora del té en el Alvear Palace Hotel.
Por ese entonces, estudiaba guitarra en el Conservatorio Nacional , donde también tomaba lecciones de canto. Su talento musical hizo que fuera un guitarrista muy disputado en el ambiente, acompañando a artistas de la talla de Nelly Omar y Francisco Amor. ““La guitarra no sirvió solamente para ganarme la vida, sino que también fue una llave dorada que me abrió las puertas más increíbles”, dijo alguna vez, quizás pensando que como guitarrista frecuentó cafetines de fama dudosa, en la que los parroquianos era gente brava y de avería. Fue en esos lugares donde Edmundo Rivero dominó al dedillo los secretos del lunfardo. Rivero deslindaba claramente el lunfardo del idioma reo: “El reo es el idioma del hombre de barrio, del orillero honrado, con el que nombra las cosas de su oficio, sus diversiones. El lunfardo es la jerga del lancero, del escruchante, del punguista”. Daba un ejemplo: “Pocos saben que la palabra gayola, con la que se designa la cárcel, proviene del humilde gallo, símbolo de la policía, que todo agente lleva en su chapa”. Los términos circulaban de un lugar a otro llevados por los propios lunfas, convertidos en términos deformados por la mala traducción. Usaba como ejemplo la palabra “ rastacué”, utilizada por Gardel en una de sus milongas, que no es sino el rastaquoure de los franceses. Edmundo Rivero siempre iba a cantar a las cárceles, en ningún otro lugar sentía que sus milongas lunfardas eran entendidas a la perfección.
Al final de una de sus actuaciones recibió la llamada telefónica de una admiradora que le dejó su número: era Carmen Duval, la mujer de Horacio Salgán. Lo invitaba a su casa porque su marido quería escucharlo: “La música de Salgán, sus orquestaciones, en esa época eran revolucionarias, y yo tenía una voz de bajo, cosa inaudita en un tiempo donde todos los cantores de canto exhibían un registro de tenor”. Al poco tiempo, Anibal Troilo le propuso ingresar a su orquesta. Allí permaneció hasta 1950. Hizo un largo camino y fue fiel a un estilo que lleva su marca inconfundible.
