cultura

Arquitectura faraónica bonaerense

Hacia mediados de la década del treinta, la provincia de Buenos Aires alzó construcciones fastuosas a tono con un gobernador fascista.

Francisco Salamone fue un arquitecto italo-argentino, que vivió y trabajó en Argentina y construyó en apenas cuatro años, entre 1936 y 1940, más de 60 edificios en 25 municipios de la Provincia de Buenos Aires. El profesor Belucci (quien inaugura el rescate de Salamone, en una nota publicada en el diario masserista Convicción en julio de 1982) lo da por nacido en Buenos Aires el 5 de junio de 1898, pero Ed Shaw corrige el dato ubicando el nacimiento en el pueblo Leon Forte, de Catania, un año antes exactamente (¿era Francesco, entonces?). Lo cierto es que su padre, Salvatore Salamone, llegó a la Argentina entre 1898 y 1899, a probar fortuna en el gremio de la construcción, y que contagió el oficio a sus cuatro hijos varones. El joven Francisco se recibió de maestro mayor de obras en el Otto Krause, en Buenos Aires, y luego de inscribirse en la Universidad de Córdoba se recibió en sólo dos años de arquitecto, primero, y de ingeniero civil poco después.

Salamone hubiera sido uno más si no fuera porque, en la Argentina chica de los años treinta, se hizo amigo de Manuel Fresco, gobernador de la provincia de Buenos Aires por un período y que en el poder le encargó a su amigo un programa de construcciones masivo. . Bajo el lema “Dios, Patria y Hogar”, el gobernador Fresco (un hombre cuyas simpatías fascistas lo llevaban a saludar públicamente con el brazo en alto, además de ensalzar sin pudor al Duce), decidió encarar un ambicioso plan de edificaciones en los 110 municipios de provincia, para “dignificar el perfil oficial y paisajista de la región”. Fresco puso la voluntad política y los fondos, Salamone puso una fantasía creativa tal que todavía nos quedamos con la boca abierta. Pocos políticos tuvieron semejante tino, menos son recordados por un programa de infraestructura.

La obra de Salamone plantea dos incógnitas a los estudiosos de la construcción. En primer lugar, el arquitecto no dejó un solo escrito teórico o apunte personal fundamentando el porqué de sus decisiones arquitectónicas; en segundo lugar, fue el espíritu ideológico que originó el megalómano proyecto y terminó “envolviéndolo” (a falta de reflexiones del propio Salamone), atribuible al fascista Fresco.

Asimismo, dichas obras se centraran en tres instituciones-eje en la vida de los pueblos pampeanos, como cementerios, mataderos y municipios. En el proyecto de Fresco, era imperativo que el municipio se convirtiera en el corazón urbano de cada pueblo (así como el matadero y el cementerio debían “anunciar” la entrada y la salida del centro urbano, uno en cada extremo). En cuanto a los municipios, la elección que hace Salamone del monumentalismo (en lugar de alguna variante aggiornada del cabildo con recovas o el palacete neoclásico) apunta a transmitir el paternalismo estatal con su nuevo signo de eficiencia administrativa (“la máquina de tramitar”). A tal punto el municipio debe regir simbólicamente las vidas del pueblo que el arquitecto remata la construcción con una torre que supera en altura hasta el campanario de la iglesia, a la que corona con un inmenso reloj (ya no es la evolución del sol sino el municipio el que da la hora “oficial”). En cuanto a los mataderos, debían ser símbolo orgulloso de la nueva industria, con la creciente mecanización del faenado y la imposición de mayores medidas sanitarias, desde las salas azulejadas hasta las bombas eléctricas y los laboratorios (en este caso, a falta de signos visibles exteriores fuera de los corrales, Salamone optó por convertir la fachada del matadero en verdaderas ornamentaciones simbólicas, a las que imprimió forma de enormes cuchillas verticales). En lo atinente a los cementerios, tener familia enterrada consolidaba el sentido de pertenencia a ese asentamiento urbano de parte de los sobrevivientes.

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