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El argentino que se volvió sinónimo de teatro en Venezuela

Carlos Gimenez fue un cordobés premiado internacionalmente e ignorado en nuestro país, su nombre se propagó por toda Sudamérica.

Carlos Giménez, fundador del grupo de teatro venezolano Rajatabla, director del festival internacional de Teatro de Caracas y uno de los directores teatrales de más prestigio en toda América Latina, murió cuando sólo tenía 46 años. Pero ha recorrido tantos horizontes a través de la dirección teatral que es imposible que su legado haya perdido vigencia.

Nacido en Córdoba, su pasión por la dramaturgia despuntó en la adolescencia; y más allá de sus timideces, se vio favorecido por el esplendor teatral de la década de 1960. Creador del grupo “El juglar” en la Federación Universitaria de Córdoba, este vanguardista no había concluido sus estudios en el seminario de Arte Dramático cuando ya participaba en festivales internacionales en Nancy, Varsovia y Cracovia. Por los avatares políticos y la destrucción de la Casa del Teatro de su ciudad, por la dictadura de Onganía, emprendió su partida hacia Venezuela.

Desde que había entrado al seminario, le daba terror que lo llamasen para leer (ni siquiera le había cambiado el timbre de voz); incluso se sentaba siempre cerca de la puerta, para escaparse si a alguien se le ocurría presionarlo. Pero lo importante de aquella época fue que era un momento de esplendor del teatro en el interior. Tanto es así que se acercaban directores del calibre de Osvaldo Bonet y Mario Rolla.

Su vocación por la dirección fue sembrada a raíz de “El jardín de los cerezos” en la versión de Jorge Petraglia. Allí hizo de un soldadito que tenía que estar, en el primer acto, 40 minutos arrodillado, estático, con una lanza. Eso era terrible, pues el aburrimiento era total. Pero así empezó a descubrir elementos en cada interpretación. Y en el segundo año del seminario ya pensó en formar un grupo teatral, y así nació “El juglar”, que se convirtió en el primer grupo teatral del interior del país en participar de festivales internacionales.

Sin embargo, cuando regresaron al país tras aquella gloriosa gira europea, el golpe de realidad fue devastador. En palabas del propio Giménez: “Esperábamos que nos recibieran con honores y casi santidad. Apenas conseguimos el Teatro Presidente Alvear. No pasó nada. Eso marcó mucho mi relación con el país. Tenía 18 años y sufrí la indiferencia de Buenos Aires y la hostilidad de Córdoba. Un grupo que vuelve de ganar dos festivales internacionales del mayor nivel, espera ayuda, obtener algo…Pero la clase dirigente de Córdoba era muy conservadora. Fueron hostiles y yo como siempre he sido muy peleador. En fin, el estigma de comunista gira alrededor de quien tiene ideas para cambiar algo”. Pero la vida siempre es más audaz y fuerte que el teatro, y su carrera logró reinventarse en otros países, principalmente en Colombia y Venezuela.

De modo que tras aquel breve regreso a Argentina, se fue de gira por Latinoamérica haciendo funciones en los campos y villoríos rurales donde descubrió la América profunda que marcaría su indagación sobre la estética del poder, la recurrencia de los cuatro elementos de la naturaleza: tierra, fuego, agua y aire como elementos escénicos en el trabajo del tiempo y del espacio, que sumergirían al espectador en el arte teatral de gran formato desarrollado en todo su esplendor a su llegada a Venezuela en noviembre de 1969. Allí estrenó La Orgía, de Enrique Buenaventura. Luego sería invitado a dirigir Don Mendo 71, de Miguel Otero Silva, hasta hacerse cargo del grupo de teatro del Ateneo de Caracas llevado por la esposa de Otero, María Teresa Castillo, montando la emblemática obra de Antonio Miranda con música de Xulio Formoso, Tu país está feliz; con la que nació el 28 de febrero de 1971 el Grupo Rajatabla.

“En el teatro independiente- le reveló alguna vez a la periodista Mona Moncalvillo- los grupos se organizan porque tienen algo que decir a largo plazo; hay un proyecto ideológico, artístico, estético. Y eso es lo que genera una mística”.

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