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Enrique Anderson Imbert y su paso por la ciudad de La Plata

Este escritor, ensayista, crítico y profesor universitario, que alcanzó gran renombre en el ámbito literario latinoamericano; hizo buena parte de su formación en nuestra ciudad.

Enrique Anderson Imbert nació en Córdoba, el 12 de febrero de 1910, a los cuatro años su familia se radicó en Buenos Aires, y cuatro años después se convirtieron en vecinos de la ciudad de La Plata. En nuestra ciudad estudió en el Colegio Nacional Rafael Hernández, donde tuvo como profesores a Ezequiel Martínez Estrada, Alejandro Korn y a Pedro Henríquez Ureña. Muchos años después, en la revista Sur, dedicaría trabajos a esos maestros, como La pasión dominicana en Pedro Henríquez Ureña, y Kafka y Martínez Estrada. Fue en la ciudad de La Plata, donde Enrique Anderson Imbert tuvo su primera novia y se hizo y se hizo hincha del club Estudiantes de La Plata. En La Plata también publicó sus primeros ensayos y cuentos en distintas publicaciones periódicas.

Fue profesor de Letras, obteniendo el doctorado en 1945. Comenzó a ejercer la docencia en la Universidad Nacional de Cuyo, en 1939 y, posteriormente en la Universidad Nacional de Tucumán. Paralelamente ejerció el periodismo haciéndose cargo de la sección literaria del diario socialista La Vanguardia –actividad que ejerció durante toda la década del 30-.

En 1943 recibió la beca Guggenheim y, cuando cuatro años después es becado por la Universidad de Columbia, se radica durante casi dos décadas en Estados Unidos, donde dio clases en el Departamento de Lenguas Románticas de la Universidad de Michigan, y obtuvo el Master of Arts, de la Universidad de Harvard. Por esos años publicó su monumental Historia de la literatura hispanoamericana. La Universidad de Harvard creó especialmente para él la cátedra de Literatura Hispánica. Su obra consta de una treintena de libros, en donde los ensayos se alternan con cuentos y novelas. Fue finalista del Premio Cervantes en 1994, que terminaría ganando el escritor peruano Mario Vargas Llosa.

En nuestras tierras también tuvo un alto reconocimiento académico. En 1967 ingresó en la Academia Americana de Artes y Ciencias, y en 1978 fue nombrado miembro de la Academia Argentina de Letras, de la que fue vicepresidente de 1980 a 1986. Fue miembro de Real Academia Española, American Society of Arts and Sciences, Academia Norteamericana de la Lengua, Academia Chilena de la Lengua, Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico. En 1967 la Asociación Americana de Profesores de Español y Portugués por votación de sus socios, lo distinguió como uno de los veinte profesores más influyentes en los últimos cincuenta años.

Su obra consta de una treintena de libros, en donde los ensayos se alternan con cuentos y novelas. Fue finalista del Premio Cervantes en 1994.

Nuestra ciudad siempre estuvo presente en su memoria, aquí va como muestra algunas evocaciones: “Cuando yo era niño La Plata todavía estaba iluminada con faroles de gas: un viejo, con una cara al hombro, entraba en el barrio e iba encendiendo los mecheros unos tras otros a lo largo de la calle; yo seguía sus lentos pasos, maravillado ante el farol ya encendido, ansioso de ver encenderse el farol próximo. Ahora, con la parsimonia de ese viejo, yo andaba por la Diagonal 74 encendiendo recuerdos. No eran recuerdos involuntarios, despabilados por una impresión casual, sino recuerdos buscados. Las cosas que estaban al mismo nivel de mi pasado me saludaban al paso y se ponían en contacto conmigo, si se presentaban apagadas, mi ternura les devolvía el brillo. (…) ¡Y al llegar a casa! Primero la miré por fuera. El árbol que dejé espigado estaba copudo pero volví a verlo ufano. Los muros volvieron a ponerse altos. Los balaustres de la azotea volvieron a parecerme almenas de un castillo. Y cuando desde los balcones de la esquina 12 y 54 divisé la alta torre de la Municipalidad y, al otro lado de la plaza Moreno, la ancha Catedral, recordé que mi primera página había sido la descripción de la Municipalidad y la Cátedra como Don Quijote y un Sancho Panza, en un diálogo de campanas en las vasta llanura. Si el profesor de Gramática y Composición hubiera leído esa página la habría clasificado como figura retórica: la Prosopopeya.”

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