Entrevista a Daniel Krupa

Es un escritor de Berisso -que vive actualmente en Ignacio Correas-, autor de un libro sobre Gimnasia y Esgrima de La Plata recientemente reeditado.

Interés General

23/02/2024 - 00:00hs

Un escritor hincha de Gimnasia hasta los tuétanos -¿hay otra manera de ser hincha?-, que camina llevando todo el absurdo del mundo sobre los hombros. ¿Es el destino de quien eligió una identidad futbolística o el precio inevitable que se paga por el solo hecho de estar vivo?. Pregunta que abre con lúcido humor, Daniel Krupa, un escritor de nuestra región que acaba de reeditar GELP! Un lobo suelto.

—¿Quién es Merlini?

—Me parece que es el famoso alter ego al que uno recurre para hablar de lo que sea sin hacerse cargo del todo. Pero también para desplegar uno de los aspectos más interesantes de cualquier proceso de escritura: inventar un personaje para que en algún momento, si la inspiración llega de verdad, tome sus propias decisiones, se meta donde no lo esperan para ir un poco más allá de lo real. Merlini no es “todos los hinchas de Gimnasia”; sería una torpeza de mi parte aspirar a tal cosa. Sino que representa, por decirlo de alguna manera, una forma de ser del Lobo, en la que la neurosis es un ingrediente fundamental. Es como si Woody Allen (el Woody Allen bueno, el de las películas), fuera hincha del Lobo, o algo así. De ahí el título GELP!, ¿no?

—¿Cuándo sentiste que tenías inoculada la pasión tripera?

—Es buena la pregunta, y difícil de responderla, pero me la juego igual. Entiendo que después de 1995. Regresar al Bosque, y yo ya grandulón, digamos, después del famoso partido con Independiente, me hizo entender, o creer, que sin lugar a dudas estamos más allá de los resultados; un sentimiento cargado de ambigüedades, no lo puedo negar, pero bonito y liberador al mismo tiempo. Podría ilustrarse con la pregunta retórica: “¿Pero qué hago yo de nuevo acá?”, y ahí llega la inexplicable, fantástica respuesta: “No sé. Ni idea. Pero acá estoy. Feliz”. No resiste ninguna lógica, por supuesto.

—¿Cuál fue la mayor alegría que te dio Gimnasia?

—Qué pregunta, eh... Estar saltando en la tribuna con mis dos hijas, ahora, hace unos días, en febrero de 2024, después del partido contra Huracán, a dos meses del fallecimiento de mi viejo, responsable de este afán mío por lo albiazul. Esa escena, un poco inesperada porque mi hija más pequeña no va nunca al Juan Carmelo Zerillo, me hizo experimentar algo muy parecido al sentimiento que debe invadir a cualquier integrante de cualquier tribu del mundo al ser testigo de la evidente continuidad de una costumbre o tradición de su grupo social. Dicho en criollo: cuando yo ya no esté, estarán mis niñas saltando en el Bosque. Me hace bien pensarlo así.

—Hacé una descripción del ADN gimnasista.

—Es la nota más difícil que me hicieron en la vida! Bueno, creo que nos autopercibimos como un pueblo que resiste, que hace esfuerzos de todo tipo para acompañar al equipo. Y por lo que me cuenta gente de otros clubes, también nos ven como una parcialidad puntualmente popular, ruidosa, hinchapelotas y fiel. Y que Diego Armando Maradona, indiscutible ícono universal de la cosa popular, haya elegido nuestra camiseta, nuestra casa, de alguna forma revalidó esa percepción.

—Cada uno de los 11 capítulos tiene el nombre de un jugador de Gimnasia. ¿Es tu dream team o hubo otra intencionalidad?

—Las dos cosas. No podía poner a Pancho Varallo, ponele, porque nunca lo vi jugar. Así que opté por un recorte personal, generacional e indefectiblemente caprichoso. Pero yo mismo discuto con esa selección que hice hace ya más de diez años: Guillermo Barros Schelotto, por ejemplo. Puntualmente me cuesta aceptarlo como ídolo, porque volvió a jugar al Lobo a los 38 años, recién. ¡Y para colmo no quiso jugar en la B, ni de local! Y aclaro también que no soy tan futbolero como podría inferirse. No veo partidos locales ni de afuera. Tampoco le doy pelota a la Selección Nacional. Ahora bien, en un Gimnasia-Godoy Cruz, ponele, puede transformarme en Mr. Hyde sin problema alguno en cuestión de segundos.

—Hay una identificación entre el personaje y la lucha contra la adversidad de su club. Eso podría hacer pensar que uno elige el club del que va a ser hincha como quien elige un destino.

—Acá no respondo yo, sino Jean-Paul Sartre - que también era tripero-, a partir del voluntarismo que alentaba desde sus textos: “Uno es lo que hace con lo que hicieron de uno”. En el Lobo todo es voluntad, todo está signado por un optimismo al que la realidad y al raciocinio les cuesta aceptar. Sino, no se explica la cantidad de gente que viajó a Santa Fe para el último partido con Colón, por la permanencia, y en el marco de una crisis económica ya por entonces bastante brava.

—Hay escritores que piensan que el fútbol es una materia reñida con la profundidad literaria. Queremos leer tu descargo.

—Bueno, un poco coincido con esos colegas. Dicho de manera un poco exagerada: en la literatura futbolera, por llamarla de alguna manera, hay mucho arquero al que le falta un brazo, que en el último segundo, se tira en cámara lenta y ataja un penal sacando la pelota con el muñón y todos felices. Ese tono didascálico, anecdótico, lacrimógeno, no me atrae. Si tuviera que señalar un ejemplo de buena literatura futbolera, más allá de la traducción, citaría Fiebre en las gradas, de Nick Hornby, por ejemplo.

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