Pepe Soriano es
uno de los actores más emblemáticos
de nuestra historia por su versatilidad
y su compromiso
con el oficio.
Era capaz de ponerse en la piel de Lisandro de la Torre o en la de Franco, bailar, pronunciar palabras como si estuvieran naciendo ese mismo instante de su boca cantar, tocar el acordeón o la guitarra, contarnos su infancia desde un loro calabrés haciéndola sentir nuestra, reírse o encresparse, moverse en el escenario con la misma naturalidad de quien camina por su propia casa. Alguien capaz de sacarse de encima la edad para recrear la voz de un niño contando el cuento de caperucita rosa o volverse un viejito entrañable –Don Berto- o una enigmática anciana capaz de devorar la existencia de todos los que la rodean –La Nona-.
José Carlos Soriano nació el 25 de septiembre de 1929, en el barrio de Colegiales, un barrio de gente muy humilde y calles empedradas. Pasó su infancia en una casa chorizo, con paredes de barro y ladrillo. La misma casa en la que murió. Sus abuelos habían llegado de Calabria. Su infancia estuvo marcada por la muerte temprana de su madre. A los 90 años confesó: “Con los años analicé que quizá su partida terminó marcando mi camino de ser actor: porque, ¿qué espera un actor, siempre? El aplauso. Y el aplauso es amor y es gratitud. Cuando te aplauden es como que te dijeran ‘Te quiero mucho’. Y mamá no tuvo mucho tiempo para decírmelo”.
En la luz inabarcable del patio de esa casa de infancia, el abuelo Giuseppe ejercía el oficio de zapatero , mascando tabaco que escupía en un tacho. A su lado, un loro, sobre la percha, escuchando en la radio a galena la audición calabresa de Domenico Ventricci, en Radio del Pueblo. Ese fue el disparador de lo que sería una de las creaciones más emblemáticas de Pepe Soriano: “El loro calabrés”.
Los abuelos paternos con los que se crió, eran analfabetos y tenían para su nieto el sueño de que estudiara una carrera. Para complacerlos, ingresó en Derecho, pero abandonó al segundo año. Sin embargo, estando en la Facultad, una charla accidental con Antonio Cunill Cabanillas –uno de los mayores maestros de actores- , lo integró al elenco del teatro universitario. La prueba de ingreso la dio con un monólogo de Caperucita Roja escrito por él. Así comenzó a dar los primeros pasos en un camino del que no se apartaría en toda su vida.
Elogiado internacionalmente por artistas de la talla de Lee Strasberg, Jean Louis Barrault y Fernando Fernán Gómez. Sintetizó magistralmente calidad y popularidad, ofreciendo obras que ayudarán a profundizar la sensibilidad del espectador y a ensanchar su mirada sobre la realidad. Se puso en la piel de cientos de personajes, mostrando una versatilidad incomparable: desde Shakespeare al Teatro de revistas; desde la comedia musical al teatro para niños; desde Lisandro de la Torre al calvario del poeta Jacobo Fijman.
El dinero nunca lo obligó a realizar un papel en el que no creyera. Esa convicción era arrolladora sobre las tablas. Pisaba un escenario y era un imán atrayendo irresistiblemente. No era solo un don, sino también una disciplina minuciosa como único modo de hacer teatro.
Su aporte al cine nacional es fundamental con la construcción de personajes como Luis Sosa –de Tute Cabrero-, el anarquista alemán de La Patagonia Rebelde, el ferrocarrilero de El Ultimo Tren, o el último personaje que compuso para una película, el Ulises de 90 años que arrojado a una espiral introspectiva se enfrenta a los fantasmas de su pasado, en Nocturna, película que filmó cuando tenía una edad tan avanzada como el protagonista, que le demandó un esfuerzo enorme, incluyendo una semana internado por deshidratación.
Pese a los muchos premios y nominaciones –Cóndor de Plata, Martín Fierro, Premio Goya, Medalla del círculo de escritores cinematográficos- y al inmenso reconocimiento popular y de sus pares, jamás se sentó en el trono adictivo de la fama, prefirió siempre andar entre su gente, esa que la recordará siempre empapada de gratitud hasta los huesos.