cultura
Uno de los pensadores más citados de la historia
Santo Tomás de Aquino nació en una familia aristocrática pero decidió vivir como mendigo, su pensamiento está en la base de la doctrina católica.
Tomás de Aquino fue uno de los mayores representante de la enseñanza escolástica universal y su obra quedó registrada a lo largo de sus viajes a pie. Lo que la Divina Comedia de Dante es para sus lectores los escritos de Aquino fueron para Dante. No es casualidad que los trabajos de Aquino sobre la metafísica representen una de las fuentes más citadas de la historia, a la vez que la Iglesia Católica tuvo que reconocer su preponderancia clave para el estudio de la filosofía y la teología. Como si toda su vida hubiese perseguido el mismo destino que alguna vez sintetizó: “El estudioso es el que lleva a los demás a lo que él ha comprendido: la verdad”. Siguiendo las enseñanzas de Aristóteles, Aquino afirma que el conocimiento del bien supremo es tal que, una vez percibido, jamás puede olvidarse, y el alma bendecida por ese conocimiento siempre anhelará regresar a él.
Aquino había nacido en Roccasecca, en el reino de Sicilia, en el seno de una familia noble emparentada con gran parte de la aristocracia europea. Su primo era el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. A los cinco años, inició sus estudios en el célebre monasterio benedictino de Monte Cassino. Según los historiadores, debió haber sido un niño insoportable: después de permanecer mudo en clase durante varios días, las primeras palabras que pronunció a su maestro fueron una pregunta: “¿Qué es Dios?”. Cuando tenía catorce, sus padres, recelosos de las disputas políticas en el monasterio, lo transfirieron a la flamante Universidad de Nápoles, donde empezó a estudiar a los grandes filósofos griegos.
Durante sus años universitarios, Aquino se incorporó a la orden de los dominicos. Su decisión de convertirse en fraile mendicante escandalizó a su círculo aristocrático familiar. Lo mandaron a secuestrar y lo mantuvieron encerrado un año, con la esperanza de que recapacitara. Finalmente, no lo hizo y, una vez liberado, se instaló un tiempo en Colonia para estudiar con el obispo Alberto Magno. Durante el resto de su vida, se dedicó a publicar y enseñar en Italia y Francia. Por esa época, se le atribuyó la frase: “Los seres dotados de inteligencia desean existir siempre y un deseo natural no puede existir en vano”.
Era un hombre corpulento, torpe y lento. Rechazó todos los puestos de poder y prestigio, tanto en la corte como en el clero. Amaba, por encima de todo, los libros y la lectura. Cuando le preguntaron por qué cosas estaba más agradecido a Dios, respondió: “Por haberme otorgado el don de entender cada página que he leído”. Aquino creía en la razón como medio para alcanzar la verdad y construyó, tomando el legado aristotélico, complejos argumentos lógicos para llegar a alguna clase de conclusión sobre las grandes cuestiones teológicas. Esto le valió, entre otras tantas enemistades, la condena del obispo de París, quien sostenía que el poder absoluto de Dios no le hacían falta los subterfugios de la lógica griega. No obstante, la premisa inicial de todas las búsquedas según Aquino era la famosa frase aristotélica “Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”.
Su obra principal se llama “Summa theologica”, un exhaustivo estudio de las principales cuestiones teológicas elaborado para- como se adelanta en el prólogo- “ampliar y profundizar los conocimientos de los iniciados, sino también enseñar y poner bases a los que son incipientes”. Consciente de la necesidad de una presentación clara del pensamiento cristiano, Aquino utiliza las obras de Aristóteles, que se habían recuperado recientemente traducidas del latin, para construir un marco intelectual que sostuviera las escrituras canónicas fundamentales, a veces contradictorias, desde la Biblia y los libros de San Agustin hasta los de los teólogos de su propia época. Aquino continuó su monumental obra hasta pocos meses antes de su muerte, en 1274.
