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La salud mental de los argentinos

Lucio Cerdá fue un psicólogo preocupado por vindicar su profesión como necesaria para que el individuo encuentre su punto de equilibrio.

La sistemática despreocupación por el individuo ha sido más que evidente en los últimos años. De los sectores más variados se denuncian irregularidades, atropellos, marginaciones que corroboran con datos y estadísticas hasta donde ha llegado la destrucción. Lucio Cerdá fue una de las voces más prestigiosas del país a la hora de pedir el reconocimiento a la profesión de psicólogo, pero sobre todo la participación directa en todas las áreas del quehacer nacional y que se haga legal lo que es legítimo.

En los ochenta, Cerdá fue un activo militante por la legislación de la actividad profesional, ejerció por dos períodos como secretario de Prensa de la entonces poderosa Asociación de Psicólogos de Buenos Aires. Se desempeñó como profesor de la cátedra de Psicología Evolutiva en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Reivindicando el derecho a la prevención de la salud mental, más que a lo curativo, Cerdá aseguraba que un hombre tiene salud cuando tiene trabajo, educación, vivienda. Cuando puede expresarse y ejercer libremente la actividad política. Según él, harán falta varias democracias consecutivas y muchos profesionales honestos para curarnos y ponernos al día.

Como ciencia, la psicología en nuestro país tuvo un desarrollo en dos ámbitos: el universitario y otro que algunos llamarían cenáculo o catacumbas. Post dictadura, las universidades se habían reducido a niveles académicos desastrosos, por el cierre de las carreras. La reducción de cupos obligaba al egresado a formarse fuera de los estamentos oficiales, en pequeños grupos; una especie de culturas de catacumbas donde el profesional hacía lo que podía.

En el terreno práctico, Cerdá sostenía, por ejemplo, que en los ámbitos hospitalarios el psicólogo hacía psicoterapia con la anuencia de los directores o los jefes de servicio, que son médicos, y comprenden que estaban formados para ello. No obstante, en el campo privado, la psicología se había desarrollado fundamentalmente con un criterio liberal; lo que implicaba un altísimo costo para quien pretende este tipo de servicio. Por ese motivo, desde la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, Cerdá se propuso revertir esta situación.

En ese sentido, Cerdá planteaba que la salud y la educación en nuestro país se habían aplicado con el criterio de la subsidiariedad del Estado, como en las actividades económicas y comerciales. Según este criterio, aquello que podían hacer los particulares no lo debía hacer el Estado. En los hechos, podía tener un servicio eficiente de salud o un servicio eficiente educativo quien había tenido éxito económico: fiel reflejo del deterioro de las prestaciones públicas.

El concepto de salud que tenía Cerdá era bastante distinto, ya que sostenía que la misma se trataba de un equilibrio y no un punto de llegada: “Un hombre tiene salud cuando tiene trabajo, cuando puede usufructuar un servicio educativo, cuando tiene su vivienda, cuando puede expresarse libremente, cuando puede hacer actividad política. En fin, cuando puede desarrollarse como individuo: ese es un hombre sano”. El psicólogo además planteaba que el criterio limitado al enfermo que debe curarse era una concepción pequeña de salud: “Nosotros reivindicamos el derecho a la prevención de la salud más que a lo curativo”.

Reflexionó con profundidad sobre cómo se construye la subjetividad, la construcción de conceptos como identidad y subjetividad, considerando que toda experiencia humana está inserta en un mundo indefinido de sentido y multívocas significaciones. Murió en 2009, a los 64 años.

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